La realidad nos apremia, una mirada pastoral

Equipo pastoral UCSH

1.- Introducción. 

Durante este tiempo de Pandemia, hemos visto cómo la incertidumbre se ha ido apoderando de la población mundial a un paso mucho más acelerado que el de la misma enfermedad. En este escenario, cada uno de nosotros ha tenido que ir elaborando su propio duelo en torno al Covid-19, para retornar al propio centro vital y reinventarse en medio de la inseguridad del presente. La incertidumbre, al más puro estilo de Bauman, se ha tornado perceptible en la presencia amenazante del otro.

Los rostros cubiertos con mascarillas de todo tipo, nos hacen pensar por una parte en el padecimiento global de la población y, por otra, en la subjetividad individual que opone resistencia a la pandemia. Así, la mascarilla cumple un rol sanitario y también político; un rol subjetivo y también social; un rol de cuidado y también de temor; un rol de seguridad y también de incertidumbre.

Si antes nos costaba mirarnos a los ojos para reconocernos en dignidad, ahora nuestro rostro se torna menos accesible y aprehensible para los demás, porque nuestras propias gotas de saliva pueden ocasionar la muerte a quienes tenemos cerca si estamos contagiados. La inseguridad está instalada entre nosotros tengamos o no Covid-19; hemos dejado de ser «confiables» incluso para nosotros mismos.

2.- Una cuaresma prolongada (confinamiento, libertades individuales y sociales, politización de la Pandemia, observados por Google) 

Cuaresma, significa en la cultura cristiana, un tiempo de cuarenta días, en el cual, hombres y mujeres cristianas buscan purificarse de las inconstancias personales, que le impiden seguir con fidelidad a Cristo y su propuesta de amor al prójimo, y así, celebrar de manera plena las fiestas de la Pascua. Curiosamente, el término cuaresma, tiene una cierta relación con el término cuarentena, tiempo destinado en la tradición médica, para recuperarse de alguna enfermedad bilógica y, de este modo, no ser fuente de contagio. En este tiempo de la pandemia del Covid-19, uno de los términos más usados, ha sido precisamente el de la cuarentena, pues, al parecer hasta ahora, sería uno de los métodos más eficaces para disminuir el contagio de esta letal enfermedad. A pesar de la existencia de esta medida, a nivel mundial existen 7.969.003[1] casos de personas contagiadas y una cantidad de 434.669 personas fallecidas a causa de esta enfermedad. Si bien en nuestro contexto latinoamericano, mantenemos cifras parecidas a los países desarrollados, las causas de contagios y de muertos por el Covid-19 son muy diferentes. Aunque muchos países de nuestra región han tomado diversas medidas, desde cuarentenas estrictas, hasta cuarentenas parciales, los resultados, en la mayoría de los casos no han sido muy prometedores. Sólo en nuestro país llevamos 179.436 casos confirmados de contagios y 3.362 personas fallecidas a causa de esta enfermedad. Con este panorama cabe preguntarnos ¿Por qué las medidas de cuarentenas estrictas o parciales no han resultado en Latinoamérica? Y dentro de las reflexiones, podemos observar que la enfermedad del coronavirus nos ha vuelto a revelar otro mal que no ha podido ser erradicado en nuestra sociedad, el de la pobreza, convirtiéndose en un factor decisivo en las cifras de contagios y de muertes por Covid-19, y quizá sea uno de los factores determinantes que explicarían el porqué de la ineficacia de las cuarentenas. Esta pandemia nos ha enrostrado la gran crisis social y económica que vivimos en nuestra región, y que ha sido la causante de la imposibilidad de aplicar estas medidas en nuestros países, debido, entre otras cosas, al hacinamiento habitacional, que imposibilita el distanciamiento social, facilitando los contagios, y la precariedad laboral, que obliga a muchas personas y familias, a vivir del día a día, con trabajos informales que les impiden quedarse en sus casas, corriendo el riesgo de contagiarse. Como hemos visto, la sola normativa no es suficiente para el éxito de las medidas sanitarias, y el tiempo de recuperación que señalábamos al comienzo, encuentra sus dificultades. Dada la importancia de este tiempo de cuarentena, las autoridades deben tener en cuenta que no basta simplemente con trazar un camino para alcanzar la meta, pues el desafío está en ser conscientes que, en ese camino, existen innumerables necesidades, expresadas en las inconsistencias sociales, políticas y económicas, que harán más difícil el proceso; e ignorar estas inconsistencias, nos puede arrebatar el deseo y los esfuerzos de alcanzar juntos un bien mayor, aplanar la curva y salvaguardar la vida de todos, especialmente, de los más vulnerables en este contexto.

3.- La olla común (la pobreza nacional que no queríamos ver, el drama migrante) 

Con la crisis actual del desempleo en nuestro país, además de las medidas tomadas a raíz de la pandemia del Covid-19, sólo se ha complicado aún más la situación de pobreza de miles de personas a nivel nacional, uniendo la incertidumbre respecto al coronavirus, con la incertidumbre laboral y la incertidumbre de cómo llegar a fin de mes sin ingresos.

Frente a este escenario, muchas personas en Santiago como en regiones han recuperado una práctica tradicional de los años 80 y 90, que son las ollas comunes, principalmente generadas en organizaciones locales, donde los mismos vecinos juntan alimentos para poder ir en ayuda los que más lo necesitan.

Como explica María Valderas de la comuna de El Bosque en un artículo de la Radio Universidad de Chile “asegura que las primeras ollas comunes partieron en el contexto del estallido social. La diferencia radica en el reemplazo del tradicional comedor colectivo, por el reparto a domicilio de las viandas y de las medidas de sanidad, que han debido extremar a la hora de manipular alimentos. En ese sentido María señala que “somos las enfermeras de las ollas comunes”[2].

Existen actualmente muchos grupos en redes sociales tratando de agrupar la información de las diferentes ollas comunes del gran Santiago, el numero varía todos los días y las iniciativas se repiten a lo largo del país, mostrando una solidaridad transversal, y el importante rol que juegan las organizaciones locales y las mujeres en sus comunidades.

Lamentablemente, cuando no se conocen las realidades de los más vulnerables de nuestra sociedad, estamos en un complejo escenario, situación que se expresa  en las palabras del ex ministro de salud: “en otro sector de Santiago, donde hay un nivel de pobreza y hacinamiento, perdón que lo diga con esta… del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”[3]Estas declaraciones son un claro reflejo de una realidad que para una parte de la población parece oculta, no se conversa, no se ve en la televisión, pero a través de esta emergencia sanitaria ha salido a la luz, y ha gritado por la falta de trabajo, de alimentos y de dignidad.

Frente a este grito es donde las ollas comunes en nuestro país son una respuesta, acompañando, acogiendo y alimentando a los más necesitados, porque hoy gracias a las redes sociales, las personas se pueden conectar y ayudar, aunque sea a la distancia, a las comunidades más vulnerables de nuestra realidad nacional.

4.- El dolor de la memoria histórica (las heridas del pasado se hacen heridas del presente y acrecientan el dolor social).

La pandemia en nuestro país acontece en un contexto de crisis social. Desde el estallido social del 18 de octubre, muchas personas, en especial la generación que vivió en carne propia los estragos de la dictadura, ha visto cómo una herida que creía cicatrizada se ha abierto nuevamente.El volver a ver a los militares en la calley vivir la experiencia del toque de queda a nivel nacional, ha evocado el recuerdo que conecta con momentos dolorosos, tanto a nivel personal como nacional.

En este escenario, Chile recibe el Covid-19 y en pocos meses se ubica dentro de los países con más casos positivos en la región. Debido a esto y buscando instalar medidas sanitarias para lograr aplanar la curva de contagios, en especial en la región metropolitana, el toque de queda con militares en las calles, es una vez más, un recurso utilizado para alcanzar este cometido.

El coronavirus ha agudizado la situación de crisis social y sigue dejando en evidencia la realidad más cruda de nuestra sociedad: cesantía, pobreza, falta de condiciones básicas para cumplir con la cuarentena, entre muchas otras necesidades. Estas han dado como resultado nuevas movilizaciones para solicitar y exigir ayuda, en lugar de que prevalezca la estabilidad económica, circunstancia que afecta a las personas más pobres del país, quienes, dadas las condiciones, corren peligro de padecer hambre e incluso, no contar con agua en algunas regiones por culpa de la sequía.

El panorama es doloroso, no es poco común ver a jefas de hogar desesperadas por no tener los medios necesarios para lograr alimentar a sus familias, quienes repiten una y otra vez que tienen más miedo a pasar hambre que a contagiarse de Covid-19, razón por la cual salen a la calle. En estas circunstancias ¿cómo es posible que las personas se cuiden, si no tienen condiciones mínimas para ello? La ayuda gubernamental no actúa si la gente más necesitada no alza la voz en medio de su sufrimiento.La población más vulnerable vuelve a sentir miedo y dolor social, al verse, una vez más, desplazados por una clase política que no hace más que discutir por sus diferencias ideológicas, olvidando el rol de generar condiciones dignas y de calidad, para salvaguardar la vida de los más necesitados. La pandemia nos desafía no sólo a sobreponernos a ella, sino, además, a la cruda realidad social que desde hace tiempo nos interpela.

5.- La violencia puertas adentro y la violencia latente. (diversas violencias)

Por estos días, lamentablemente es común ver en la televisión y redes sociales, noticias que informan respecto a un aumento en las denuncias de violencia intrafamiliar, cifras realmente alarmantes y dolorosas, casos de agresión física que grafican una de las máximas expresiones de un vínculo en el cual la violencia es un modo relacional.

Esto es una realidad paradójica, puesto que por una parte nos asombra, y por otra, es más común de lo que somos capaces de ver, al tenerla normalizada entre nosotros. Nos impactan los casos más desgarradores y gráficos, sin embargo, si miramos bien en lo cotidiano, hay muchas expresiones, acciones y relaciones que integran la violencia a nivel cultural, social, familiar y personal, de las cuales no somos conscientes; por lo tanto, la violencia es una realidad que nos atañe todos ¿cómo hacer frente a nuestros propios gestos y acciones violentas?

Según Freud (1915)[4], en nuestro ser conviven distintas pulsiones que, en la vida cotidiana, ejercen en nosotros fricciones que nos tensionan y nos enfrentan a escenarios complejos. Por ello, el nivel de consciencia que tengamos al respecto nos permitirá promover aquello que nos hace bien, que nos impulsa a la vida y a la evolución, y reconducir las pulsiones agresivas, que, así como la bondad, son inherentes a nuestra condición humana. Esto nos implica detenernos, mirarnos y reconocernos en nuestro ser hoy.

Estamos viviendo un tiempo que nos desborda en elementos y estímulos estresores, la sociedad del rendimiento enfrenta una pandemia que la pone en jaque, y en ello, todos nuestros paradigmas tambalean, nuestra autonomía se ve vulnerada y nos vemos confinados no sólo en nuestras casas, muchas veces también en nuestros miedos y en nuestra debilidad. Ese es el verdadero rostro que en ocasiones se expresa desde la violencia en cada uno; la reacción visceral, arcaica y de sobrevivencia más primaria que habita en nosotros. Se cuela siempre en las situaciones cotidianas de nuestra sociedad; sin embargo, no la vemos, pues es regulada por la convivencia social, porque es necesario, porque somos seres en relación y porque no estamos hechos para vivir a su merced.

6.-Cuando los templos están cerrados (crisis en la fe y oportunidad para volver al centro de Jesús y la persona humana). 

La cuarentena ha traído consigo un cambio de rutinas y de organización del tiempo. La vida, para gran parte de la sociedad, transcurre 24/7 puertas adentro, para otros, dolorosamente, en el lugar en que se encuentren. Templos cerrados, encuentros comunitarios, procesos catequéticos y celebración de sacramentos presencialmente cancelados, muchas de las experiencias que nutrían nuestra fe, han sido modificadas, en favor del bien del pueblo. Contrario a lo que acostumbrábamos, hoy la distancia es un signo de fraternidad, de cuidado personal y del otro. Ese es sólo un ejemplo, tal vez, uno de los más representativos, del cambio de paradigma por el cual estamos atravesando.

Qué paradójico resulta que, cuando experimentamos más intensamente la vulnerabilidad, hacer vida la experiencia de Dios en el encuentro con la comunidad, que está llamada a acoger, acompañar y sostener la vida, sea un impedimento. Es probable que, dado el contexto de incertidumbre, miedo, dificultad y las diferentes vivencias que vamos enfrentando personal y socialmente, nuestra fe se vea agobiada, nos sintamos inseguros y sin muchas esperanzas. En este escenario, vivir este tiempo implica una invitación a resignificar nuestras prácticas, a nutrir nuestro proceso de fe, a ser creativos en la vivencia de la comunión eclesial, y, sobre todo, a volver la mirada a Jesucristo en los evangelios. Este encuentro con el Señor implica un viaje a nuestro interior, y mirarnos con honestidad, humildad y apertura, a reconocernos plenamente humanos, para vivir una experiencia plenamente divina, y descubrirlo a Él, hermano y compañero de camino.

De este modo, reconocernos mirados por Dios y amados por Él en nuestra humanidad, nos conducirá a reconocer a los demás en la misma sintonía, personas que, en proceso, viven su cotidianidad asumiendo los altibajos de la pandemia. Otros rostros, otras historias, otros que luchan, como nosotros, por ser valorados, contenidos, reconocidos y acompañados. Si nos disponemos así a la comunión con los demás, este gesto externo de distanciamiento social será uno de los más profundos signos de humanización que podamos vivir y compartir.

7.- La democratización de los ritos (sacerdocio bautismal, creatividad litúrgica). 

Este tiempo de encierro por la pandemia nos ha invitado a reconocer nuestra identidad sacerdotal desde el bautismo. Los sacerdotes instituidos por el sacramento del orden se han visto obligados a compartir las celebraciones tras una pantalla mediante redes sociales u otros canales digitales. Los ritos a los cuales acudíamos cuando podíamos salir hacia las comunidades o los templos, se ofrecen a través de la pantalla en estilos tan diversos como carismas tiene nuestra Iglesia, incluso en otras religiones. Compartimos la eucaristía en esta nueva modalidad, pero, además, somos todos los miembros del pueblo de Dios en nuestras familias y con nuestros vecinos, que saludamos a través de una mascarilla, quienes compartimos el pan en lo cotidiano, dando gracias a Dios por un día más de vida, quienes nos animamos cuando estamos tristes o nos dejamos sostener cuando sentimos que ya no podemos más.

Hoy estamos de cara a la realidad de la pastoral virtual, espacio en que los jóvenes tienen camino recorrido, tanto en la tarea de evangelizar como en la transmisión de diversos mensajes en los cuales comparten lo que sienten o piensan. Esto ha incrementado la oferta de tutoriales, retiros, conciertos y testimonios de comunidades y familias, compartiendo lo más íntimo y central de nuestra vida, nuestras casas, lugar en que nos cobijamos y nos alimentamos, no sólo de pan, sino también de cariño, amor y consuelo.

Hoy es posible ver y compartir mensajes de esperanza, que ayudan más allá de la fe que cada uno tenga, porque en tiempo de crisis, los ritos se democratizan, se comparten, se crean, se inventan y se resignifican, se viven incluso en la forma en que nos relacionamos día a día con nuestras familias, sentándonos a la mesa, conversando, contándonos historias, sueños, miedos y esperanzas, dinámicas propias llenas de riqueza.  En estos tiempos de encierro, esos ritos se vuelven nuestra certeza, nuestra tranquilidad, nuestro pozo para beber agua fresca, al que podemos acudir cada día; estemos solos o acompañados, estamos llamados a conectarnos con esa posibilidad de renovación e innovación desde dentro.

8.- Hacia un nuevo Pentecostés (quiebre del estatus qúo, una Iglesia en salida, una Iglesia solidaria con el dolor del pueblo porque —ella misma— es pueblo de Dios). 

La palabra pentecostés nos refiere a 50 días luego de la pascua en la que los apóstoles han pasado, desde experiencias místicas como las de la pesca milagrosa o Emaús, hasta la de la ascensión del Señor; sin embargo, la mayoría experimentó el miedo y se quedaron encerrados. Hoy, nuestra experiencia puede asemejarse mucho a esta última escena, estamos confinados en casa para cuidarnos; no obstante, esto no excluye sentir el miedo de un posible contagio y ser portadores del virus a nuestros seres cercanos y queridos, un sufrimiento que, de sólo imaginar, puede causar más dolor que padecer la enfermedad.

Este tiempo nos ha implicado vivir una montaña rusa de emociones, de altas y bajas, de esperanzas y tristezas, de no encontrar fuerzas para seguir sonriendo o diciendo que estamos bien cuando nos lo preguntan. El Espíritu Santo nos remueve desde dentro, de nuestros miedos y confianzas frágiles, y nos promete habitarnos, animarnos, empujarnos, pero hoy, sobre todo, cobra sentido que ha venido a consolarnos, porque estamos necesitados de confianza, de caricias, de presencias, de cercanías, que ahora exploramos en otras dimensiones, a través de una pantalla, de escuchar la voz, leer un texto o compartir un mensaje.  Y es en estas realidades, muy dispersas, de conexiones virtuales y hambres reales de los que han perdido todo, de los que sufren la soledad del contagio, e incluso la muerte sin los ritos propios para vivir el duelo, la que configura al pueblo de Dios hoy, que viene celebrandolos misterios de la fe puertas adentro, desde el tiempo litúrgico de la cuaresma hasta la actualidad, y se identifica con ese miedo y encierro de los apóstoles luego de la ascensión del Señor, pero, al igual que ellos también, unidos por los dones y frutos del Espíritu que nos habitan. Por años fuimos al templo para pedir estos dones y frutos, pero ha llegado el tiempo de experimentarlos, y vivir y compartir el don de la consolación. Hoy podemos empatizar con el sufrimiento que vivió el pueblo de Israel en la esclavitud. En un tiempo y un contexto en que nos creíamos desarrollados, somos invitados a no ser parte de la cultura de la indiferencia hacia el otro, uno de los riesgos más dolorosos y adversos, que, lamentablemente, también es una cara de esta pandemia.

Como Iglesia traemos una historia que nos ha hecho experimentar la vulnerabilidad y responsabilidad del sufrimiento de tantas víctimas de abuso; ahora, con los esfuerzos por sanar los ambientes y las relaciones interpersonales,nos enfrentamosal dolorque ha traído este tiempode pandemia. Pidamos al Espíritu que podamos ser consolados y portadores de consuelo, que nos impulse a renovar las relaciones entre nosotros, en nuestras familias, comunidades e instituciones, que seamos esperanza, sobre todo para los que más sufren.

[1]Los resultados que aparecen en este artículo corresponden a los publicados en la fecha del 16 de junio de 2020, por COVID19 Dashboard by the Center for Systems Science and Engineering (CSSE) at Johns Hopkins University  (JHU), https://gisanddata.maps.arcgis.com/apps/opsdashboard/index.html#/bda7594740fd40299423467b48e9ecf6

[2] Cisternas, María Luisa (2020). Otra Vez las mujeres: Las ollas comunes contra la desesperación en tiempos de crisis, Diario U Chile. Recuperado el: 2/06/2020 de radio.uchile.cl, website: https://radio.uchile.cl/2020/05/18/otra-vez-las-mujeres-las-ollas-comunes-contra-la-desesperacion-en-tiempos-de-crisis/

[3] Reyes, Carlos (2020). Mañalich reconoce que en un sector de Santiago “Hay un nivel de pobreza y hacinamiento del cual yo no tenía conciencia de la magnitud que tenía”, La Tercera. Recuperado el: 02/06/2020 de latercera.com, website: https://www.latercera.com/politica/noticia/manalich-reconoce-que-en-un-sector-de-santiago-hay-un-nivel-de-pobreza-y-hacinamiento-del-cual-yo-no-tenia-conciencia-de-la-magnitud-que-tenia/5BQZLGLOPVDDPKQ2SNSSSWRGYU/

[4]Freud, S. (1915). Pulsiones y destino de pulsión. En S. Freud, Obras completas (Vol. XIV, págs. 105 – 234). Buenos Aires: Amorrortu. 1992.

Equipo Pastoral UCSH:

P. Erick Oñate Capellán de Casa Central

P. Sebastián Muñoz Capellán de Lo Cañas

Giselle García-Hjarles Directora de Pastoral

Carolina López Asesora Pastoral

Francisco Chacón Asesor Pastoral

Montserrat Flores Secretaria de Pastoral