Carlos Ábrigo, Coordinador Académico del Instituto Teológico Egidio Viganó, UCSH

Carlos Ábrigo

Coordinador Académico del Instituto Teológico Egidio Viganó UCSH

A propósito de la conmemoración de los 100 años del natalicio de Egidio Viganó

En el mes de julio de 2020, se conmemoran 100 años del natalicio de Egidio Viganó, con cuyo nombre ha sido erigido el Instituto Teológico de nuestra Universidad Católica Silva Henríquez, razón más que suficiente para compartir con la comunidad universitaria una breve y sencilla reseña de este pastor salesiano, hombre de profundo amor a la Iglesia, y talentoso teólogo.

Sondrio, en Italia, fue el lugar donde el 26 de julio de 1920 nació Don Egidio, y Roma el lugar donde murió el 23 de junio de 1995 a la edad de 74 años.

A los 12 años, en Chieri, ingresa como aspirante salesiano y tres años más tarde, en 1935, ingresa al noviciado en Montodine.

Su vínculo con Chile no tardaría mucho, pues en 1939, a la edad de 19 años, llega como seminarista misionero y permanece en el país hasta 1972. Previamente, en 1958, había obtenido la nacionalidad chilena.

Chile, en consecuencia, vino a ser, desde temprana edad, su patria adoptiva. En efecto, aquí, en la primera mitad de la década de los cuarenta, comenzó su labor de profesor en el Aspirantado de Macul y en la Gratitud Nacional de Santiago; completó su formación teológica y en el año 1947 fue ordenado sacerdote; dos años más tarde, junto con asumir como Director de Estudios del Instituto Internacional Teológico Don Bosco, en la Cisterna (cargo que ocupó hasta 1967 cuando este Instituto ya funcionaba en Lo Cañas),  se inició como profesor de teología dogmática en la Universidad Católica de Chile, donde llegó a ejercer, entre 1968 y 1971 el cargo de decano de la Facultad de Teología. Durante ese mismo período ejerció también dos importantes servicios: Inspector Provincial de la Congregación Salesiana y Presidente de la Conferencia de Religiosos de Chile (CONFERRE).

Posteriormente, el 15 de diciembre de 1977, fue elegido Rector Mayor de los Salesianos, como séptimo sucesor de Don Bosco, servicio que ejerció ˗incluidas dos reelecciones˗ hasta el día de su muerte. Al año siguiente de su primera elección, fue nombrado Gran Canciller de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma y miembro de la Conferencia Episcopal de América Latina.

En su condición de teólogo, Viganó publicó varios libros y artículos, muchos de ellos usados en distintas investigaciones y publicaciones posteriores; participó, entre 1962 y 1965, en todas las sesiones del Concilio Vaticano II como asesor y hombre de confianza del Cardenal Raúl Silva Henríquez y, sucesivamente, en las tres grandes conferencias latinoamericanas de Medellín, Puebla y Santo Domingo. Como miembro designado por el Papa, o elegido por los religiosos, había participado igualmente en los últimos seis sínodos de obispos.

Su pensamiento teológico se vio enriquecido con su participación en el Concilio a tal punto que en un artículo titulado «La Iglesia estuvo reunida en Concilio» publicado en 1966 en la Revista Teología y Vida de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile (vol. VII, páginas 3-21), califica la década de los años 60 como «el período más extraordinario de la vida de la Iglesia en los tiempos modernos, y tal vez de todos los tiempos» , por cuanto es durante el Vaticano II cuando el siglo XX es asumido verdaderamente por Roma, en un esfuerzo retardado por ponerse al día.

En su discurso, Viganó pone el acento en la dimensión histórica y -en consecuencia- peregrina de la iglesia al rescatar su contextura terrenal y temporalmente humana, lo que le permite fundamentar la concepción de una iglesia dinámica en constante conquista y gestación.

Pero esta dimensión histórica no solo se plantea como fundamento constitutivo de su talante histórico desde dentro, sino que el dinamismo histórico de la iglesia tiene sentido en cuanto actividad que se orienta al servicio del hombre, lo que supone de parte del Concilio -según Viganó- «un especial aprecio por la dignidad de la persona humana y un verdadero respeto por la autonomía de los valores temporales».

Para Viganó, la naturaleza de la Iglesia ha sido expresada primordialmente por el Concilio, “no con un concepto de autoridad, de poder o de dignidad, sino por el concepto de ‘Pueblo’ que es comunión de ‘personas’ con igualdad de destino”.

Esta visión de iglesia que Don Egidio compartió, enseñó y testimonió, estuvo por largo tiempo en el olvido por la retracción de la iglesia, pero que esperanzadoramente vuelve a estar presente en el testimonio y en los mensajes teológico-pastorales del Papa Francisco.

Ciertamente, el inmenso legado teológico y  espiritual dejado por Don Egidio es imposible plasmarlo en este breve espacio, y por lo demás no soy la persona más calificada para hacerlo; no obstante, dentro de los muchos escritos que se han publicado en relación a su vida y obra, hay un reciente libro, publicado por EDEBE el 2019, cuyo autor es el P. Sergio Cuevas sdb, quien conoció personalmente a Don Egidio, titulada “Don Egidio Viganó. Misionero y Educador”, donde es posible acceder a una dimensión más amplia y profunda de su rica personalidad y legado.