Mauricio Arce Argomedo, Académico Escuela de Educación en Historia y Geografía

Mauricio Arce

Académico Escuela de Educación en Historia y Geografía UCSH

Al fin la tecnología llegó a las aulas para quedarse

Decir a estas alturas que la pandemia del Coronavirus ha provocado grandes transformaciones en la forma en que tradicionalmente desarrollábamos algunas actividades no es ninguna novedad.  Sin duda, la manera en que funciona el mercado laboral o las relaciones familiares, por mencionar algunos ejemplos, no serán los mismos una vez que superemos esta emergencia. En el caso particular del sistema educativo, hemos sido testigos de cómo, frente al cierre de escuelas y liceos, miles de profesoras y profesores tuvieron que reconvertir sus prácticas docentes de un día para otro, incorporando el uso de diferentes tecnologías para acercar los procesos pedagógicos a sus estudiantes, de modo de que éstos no quedasen al margen de la naciente educación remota.

Ciertamente, el aprendizaje inicial por parte de las y los docentes de cómo usar las tecnologías disponibles no fue fácil, puesto que hubo que incorporar nuevos lenguajes y aprender a utilizar recursos digitales que, en muchos casos, no se sabía que existían. Un ejemplo que grafica estos nuevos saberes que las y los docentes tuvieron que desarrollar fue la transición de hacer clases presenciales, marcadas en su inicio y fin por el timbre del recreo, a aprender a manejar los tiempos pedagógicos de una manera diferente, haciendo clases sincrónicas por videoconferencia (con todos los desafíos y chascarros que eso implicó) y asincrónicas. Agreguemos a las dificultades existentes, el hecho de que este proceso de reconversión digital fue desarrollado prácticamente de forma autodidacta, vía ensayo y error, y más aún, con recursos propios. Esto fue, por cierto, un factor que complejizó aun más la incorporación de tecnologías en los procesos de enseñanza- aprendizaje, lo que claramente es un llamado de atención a las autoridades ministeriales acerca de la necesidad de generar estrategias de apoyo al profesorado en materia de conectividad y orientaciones específicas en el uso de tecnologías para el aprendizaje.

Sin embargo, más allá de las dificultades reales que hemos vivido en los últimos meses, el saldo es más positivo que negativo. Hoy tenemos numerosos casos de profesoras y profesores que han salido de la zona de confort que implicaba desarrollar clases de una manera conocida y se han atrevido a aprender estrategias pedagógicas nuevas ligadas a las potencialidades de diversas plataformas educativas, diseñando recursos digitales (tales como cápsulas explicativas) o trabajando de manera remota con las y los estudiantes, enriqueciendo así sus prácticas pedagógicas. Del mismo modo, nuestras comunidades escolares han ido adoptando y validado de manera creciente el uso de la tecnología como una herramienta pedagógica al servicio de los aprendizajes de las y los estudiantes, ampliando así las oportunidades de aprendizaje disponibles.

Es cierto que queda mucho camino por delante para que el uso pedagógico de la tecnología sea parte del quehacer cotidiano de las y los docentes. Aún quedan resistencias y temores que derribar por parte de algunos docentes y hay que seguir avanzando, por ejemplo, en materia de conectividad y accesibilidad a dispositivos (como notebook o tablets) por parte de las y los estudiantes, de modo que todas y todos puedan acceder a Internet y aprovechar sus potencialidades, pero no cabe duda que en estos meses hemos avanzado más que en los últimos 10 años en hacer de la tecnología una herramienta regular de enseñanza. Lo peor que podemos hacer, una vez que volvamos a la presencialidad, es meter todo lo que hemos avanzado en este período en uso pedagógico de la tecnología en una caja de cartón y desperdiciar todos los nuevos saberes y experiencias que profesoras y profesores han desarrollado en estos meses. La tecnología llegó a las aulas, al fin, para quedarse.