“Crisis en la Iglesia”

Columna de Opinión de Sergio Torres

La distancia de muchos chilenos con la Iglesia católica se profundiza cada vez más. Varios lo relacionan directamente con los hechos de abusos, por parte de consagrados. Lo anterior es cierto, sin embargo, todo indica que la desafección a la iglesia es más profunda.

La verdad es que la Iglesia católica chilena vive una crisis de proporciones mayores, sobre la cual es necesario detenerse. En mi opinión, hay al menos dos dimensiones que es necesario distinguir.

La crisis de credibilidad es la dimensión más próxima y visible. Justamente, hay una verdadera consternación por los casos de abuso de conciencia, poder y, en particular, por los abusos sexuales contra menores, cometidos por consagrados. Estos hechos son siempre de suma gravedad y varios de ellos están en la opinión pública hace varios años. ¿Por qué, entonces, ésta herida se ahonda cada vez más? Hasta hace poco tiempo se hablaba de casos, algo así como manzanas podridas, de lo cual ninguna institución puede estar indemne de verse afectada.

Sin embargo, tras la visita del Papa Francisco, y luego de la misión especial encomendada a Mons. Charles Scicluna, la situación se develó en toda su crudeza: ésta ya no puede ser atendida como situaciones aisladas, sino como “una cultura del abuso, así como al sistema de encubrimiento que le permite perpetuarse”[1]. Todavía no asimilamos este diagnóstico y, por lo mismo, se ha profundizado la desazón y la desconfianza.

Indudablemente, aún hay un largo proceso a realizar: reconocer los hechos en su verdad; discernir sobre sus causas; descubrir nuestras propias actitudes – consagrados y laicos – ante situaciones de desidia o, peor aún, de encubrimiento.

No se trata de someter a la plaza pública a algunos: sin desmerecer los diversos niveles de responsabilidad, es necesario que el Pueblo de Dios puede conocer la verdad. Sólo así podremos hacer justicia y reparación a las víctimas y, por cierto, podremos saber cómo actuar y prevenir en el presente. Mal haríamos, entonces, si nos vence la autocomplacencia y comenzáremos a minimizar los hechos. Estos son profundamente inhumanos y completamente alejados del Evangelio de Jesús.

Ahora bien, centrar la mirada sólo en la grave situación de abusos es un error. Sin minimizarlos, lo cierto es que la desafección religiosa, y la desconexión de muchos con la Iglesia católica, es anterior al conocimiento de los abusos. Es presumible que éstos puedan acentuarla, pero no son la única razón. Por consiguiente, la crisis tiene una segunda dimensión aún más compleja de analizar, pues es una crisis de pertenencia a la Iglesia misma. Es como si ser católico ya no tuviese mayor sentido; algo que la inercia del tiempo y las costumbres arrastran como una carga y que, para muchos, se ha vuelto un impedimento para ser una persona consciente de su libertad y responsable de su autonomía.

Lo cierto es que no tenemos un diagnóstico compartido respecto a las causas más profundas de la desafección religiosa y del alejamiento de la Iglesia católica, en particular. Sin embargo, es necesario que intentemos abórdalo con honestidad. Si no lo hacemos comunitariamente, caeremos en la lógica del gueto; si lo eludimos en lo personal, la experiencia religiosa corre el riesgo de infantilizarnos. Comparto, entonces, algunos elementos que tal vez ayuden a la discusión.

En efecto, la sociedad chilena ha vivido un proceso de trasformaciones culturales mayores, que están condicionando fuertemente la experiencia religiosa. A su vez, la propia iglesia, tanto local como universal, ha tenido serias dificultades en el diálogo con la sociedad moderna, así como resistencias a la necesaria trasformación que muchos le reclaman.

Si miramos con atención, existe un cúmulo de situaciones a las cuales no hemos prestado suficiente atención. A modo de ejemplo, en el plano intra eclesial: la disminución de agentes pastorales; la carencia o debilidad de una reflexión teológica propia; la falta de espacios comunitarios de reflexión y formación; las posiciones conservadoras, especialmente en materias morales; la acentuación de lo disciplinar sobre lo pastoral, de lo doctrinal sobre la experiencia real; la desatención a los graves problemas sociales a favor de la justicia; la apropiación del catolicismo por grupos religiosos elitistas; la indiferencia al diálogo ecuménico, entre otros.

Con todo, a mi modo ver, es el plano externo el factor más decisivo. Menciono algunos aspectos[2]: la incorporación de una nueva economía y su impacto en la cultura del consumo, generando nuevas posibilidades que condiciona las estilos de vida (se abren las posibilidades y lo sagrado puede sostenerse fuera de la religión organizada); las nuevas tecnología de la información y de la comunicación que cambian el campo simbólico; las trasformaciones en el campo educativo, que en códigos de modernidad han ido trasformando la cultura de las nuevas generaciones, con un impacto decisivo en las creencias y prácticas religiosas, y que tiende a fomentar una actitud crítica a los discursos recibidos; la diversidad de movimientos sociales y el creciente desafío intercultural, abriendo un escenario  pluricultural que, llevado al campo religioso, se hace plurirreligioso.

Ahora bien, si vinculamos los factores intraeclesiales y las trasformaciones sociales -que tan aceleradamente hemos vivido las últimas décadas- vemos, entonces, cómo son los propios creyentes quienes toman distancia de la institución religiosa y muchos desertan. Algunos van a otras iglesias, otros buscan nuevas espiritualidades o, sencillamente, pasan a engrosar la fila de los “creyentes sin religión”.

En suma, hemos transitado bruscamente de una sociedad tradicional, y con serios problemas de equidad, a una que convive con los problemas de sociedades posmodernas, sin haber hecho los procesos sociales que este conlleva.

Más allá de los análisis sociales, pienso que está pendiente un discernimiento eclesial sobre la impostergable necesidad de renovación eclesial. Hay desencanto y una real desconexión entre las respuestas que ofrece la iglesia, por un lado, y las experiencias y necesidades de la sociedad actual, por otro. A mi modo de ver, no se trata de ceder a posturas acomodaticias sino, tan sólo, escuchar al creyente que se pregunta si ser hoy un sujeto adulto es realmente compatible con la opción creyente. Pareciera que cierta forma de vivir el “catolicismo” tendiese a negarlo.

No es fácil emitir una opinión de diagnóstico más global respecto a nuestra situación, pero me aventuro a suscribir una hipótesis: una corriente diferente al Concilio Vaticano II comenzó a predominar en muchos lugares en la iglesia católica, a nivel universal y local, que se tradujo en una suerte de “congelación del espíritu conciliar”[3]. Se trata del abandono de una visión pastoral liberadora, como lo explicó Pablo VI en Evangelii nuntiandi (1975); y que intenta retomar Francisco en Evangelli gaudium (2013): es decir, desde el evangelio se reconoce la íntima conexión entre evangelización y promoción humana, que necesariamente debe expresarse en toda acción evangelizadora. Por otra parte, pienso que no podemos banalizar algo que es vital: ser creyente o no serlo; pertenecer o no a una confesión, será siempre una aventura que entraña riesgo de ambigüedad ya que, si somos honestos, será siempre una apuesta abierta. Ambas legítimas.

Todo indica que esta crisis nos acompañará largo tiempo: tanto el esclarecer nuestra actitud ante el abuso como atender sin miedo las preguntas que surgen auténticamente del hombre y la mujer ante la experiencia creyente. En mi opinión, no vale la pena consumarse en el llanto ni siquiera intentar reparar viejas estructuras sobrepasadas. Es hora de “emigrar” a otra forma de ser iglesia; una más sencilla y cercana al Evangelio. Tal vez, el reto de la fe hoy es pasar de una cultura heredada, fruto de la trasmisión de costumbres religiosas, a una fe que nace del encuentro personal con Jesús, el Cristo. Por lo mismo, se impone una actitud de autocrítica en el Pueblo de Dios y, a su vez, de un diálogo crítico y constructivo con la sociedad. Este es nuestro tiempo, que es el único espacio donde trascurre toda experiencia religiosa y, asimismo, todo genuino intento evangelizador.

 

 Sergio Torres Pinto

Académico Instituto Teológico Egidio Viganó.

 

[1] Francisco, Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, 31 de mayo del 2018.

[2] Cf. Parker, C. “¿América Latina ya no es católica? Pluralismo cultural y religioso creciente”. América Latina hoy. Jul.2015: 35-56.

[3] Cf. Arnaiz, J. M., Queridos chilenos y chilenas, Ed. San Pablo, 2018, 53ss.