Gabriela Arévalo Vargas, académica Escuela de Educación en Castellano, UCSH

Gabriela Arévalo

Académica Escuela de Educación en Castellano UCSH

Cuentacuentos y oralidad: una estrategia para reencantarnos con la lectura

Al retroceder en el tiempo, puntualmente a los orígenes del ser humano, podemos reconocer que siempre hemos tenido la necesidad de comunicarnos, de expresarnos, de transmitir conocimiento, es decir, construir una historia; y sin ir más lejos tradiciones como estar alrededor del fuego para contar o escuchar relatos, sigue siendo un ritual que permanece en nuestras costumbres, el que sigue fomentando, incluso de forma inconsciente, nuestro gusto por contar y escuchar.

Si nos remontamos al pasado, específicamente a la infancia, escuchar historias de fantasía con algo de realidad posiblemente nos causaría un momento de nostalgia, instantes que se volvían magia y entretención simple, pero de contenido para un niño o niña. Escuchar cuentos de nuestros padres, abuelos y tías del jardín nos hacía viajar a mundos inimaginados, animaba la necesidad de seguir escuchando, de investigar si aquellos acontecimientos eran reales y por supuesto, despertaba en nosotros la curiosidad por la lectura. Estos momentos marcaron a muchas generaciones. Espacios como el cuentacuentos, el radioteatro o la lectura de cómics, eran los que alimentaban la imaginación y el deseo de seguir escuchando y leyendo.

Pero ¿qué pasó en el proceso? ¿dónde fue que se extravió, en gran parte, el gusto por escuchar historias, leerlas e incluso contarlas? Es cierto que, para responder a estas interrogantes, podríamos responsabilizar a las pantallas, que hoy son parte recurrente de nuestras actividades cotidianas y por qué no, en el ámbito de la educación, muy útiles y necesarias en la transmisión de aprendizajes, sin embargo, al no saber equilibrar el uso de estas nuevas herramientas, se han ido perdiendo acciones tan importantes como lo son escuchar, leer y saber contar, relegándoseles a actividades propias para preescolares y primer ciclo, como recurso de entretención y, en ocasiones, como elemento de inicio para el fomento lector.

Desde esta perspectiva, contar y escuchar cuentos o historias, se sigue considerando como “cosa de niños y niñas”, aunque en el último tiempo investigaciones y la constante búsqueda de estrategias para fomentar la lectura y la comprensión de esta misma, han llevado a autores como Mayra Navarro o Linda Volosky a proponer el relato de cuentos como una estrategia para potenciar la lectura. Si ponemos atención a los Planes y Programas de Lenguaje y Comunicación y a las Bases Curriculares propuestas por el Ministerio de Educación, los ejes que se piden trabajar con los estudiantes de todos los niveles corresponden a la lectura, escritura y comunicación oral (hablar y escuchar), siendo este último, uno de los menos considerados en las salas de clases, ya que se presume, es transversal en todas las asignaturas y, por lo tanto, se vuelve una instancia menos relevante para nosotros los docentes, quienes muchas veces, no consideramos la oralidad como una parte fundamental de la formación de nuestros estudiantes, debido en gran parte, a que no contamos con las estrategias necesarias para ayudar a desarrollar este aspecto tan relevante que está presente hasta en la educación superior.

Es por esto que la invitación es a reencontrarnos con el cuentacuentos o la narración de historias sencillas y populares, como un medio y recurso para potenciar la oralidad, ya que a través de esta actividad desarrollamos la capacidad de escuchar activamente, potenciamos el análisis, la reflexión y la creatividad, permitiendo el desarrollo de la imaginación (algo muy poco frecuente por estos días), al crear en nuestras mentes personajes, momentos, situaciones, que finalmente se convierten en oportunidades creativas.

Contar cuentos o historias como medio de activación de la oralidad, trae consigo muchos beneficios, los que no solo ayudan a mejorar nuestra forma de expresarnos, sino que también desarrollan habilidades como la capacidad de retener la atención por un tiempo más prolongado, nos prepara y ayuda a escribir mejor, ya que es más fácil contar lo que se quiere narrar, permitiendo aclarar y ordenar ideas, editar y corregir nuestros propios textos, incluso cuando nos atrevemos a leerlos en voz alta. Nos ayuda a desarrollar nuestro pensamiento crítico y reflexivo, modelando incluso nuestras conductas sociales, sin excepción de edad.

En síntesis, al escuchar relatos entramos en la dinámica de construir hipótesis, analizar y crear significados, acciones que concentramos erradamente solo en la lectura, pero que, aplicados a narrar y oír, podrían explotar aún mejor nuestras habilidades. Además, debemos ser capaces de despertar el placer y disfrute por leer, escribir, contar y escuchar. Que no se nos olviden las buenas historias para grandes y chicos, las aventuras y las anécdotas, sobre la ciencia y el folklore. Sea como sea, nuestra realidad se ha construido en base a historias y no siempre necesitamos papel e imprenta para lograr que fueran grandiosas.