Educación Sexual en Chile: ¿desafío eterno?

Corría el año 1993 cuando el Ministerio de Educación de la época divulgó un documento titulado: “Hacia una Política de Educación Sexual Para el Mejoramiento de la Calidad de la Educación”, preparado por la Comisión Consultiva en Educación Sexual. Por ese entonces, motivada por dicha publicación, realicé mi tesis de Psicología en esa temática.

Me titulé en 1994, mismo año en que en el marco de la Conferencia del Cairo, Chile se comprometió proteger, garantizar y promover el ejercicio de derechos en materia de salud sexual y reproductiva de los y las jóvenes.

A la fecha, nuestro país no tiene una política de Educación Integral en sexualidad, afectividad y género. Los distintos indicadores han empeorado progresivamente en nuestro país. Sólo por mencionar algunos: Entre los años 2008 y 2015, Chile fue el país que menos avanzó en prevención con educación sexual en comparación con los otros 16 países que también se sometieron al estudio de la Federación Internacional de Planificación Familiar (IPPF); somos el último país en Latinoamérica en incorporar la obligatoriedad de la educación sexual en enseñanza media, bajo la Ley 20.418 promulgada el 2010.

A lo anterior se suma que según el Instituto de la Juventud (INJUV), indica que del 71% de los y las jóvenes (antes de los 17 años) encuestados, el 30% no uso ningún método anticonceptivo, que el 2012 el 87% de los jóvenes usaba algún método anticonceptivo, sin embargo, al 2017 sólo el 77% lo hacía, que sólo el 30% de los y las jóvenes sexualmente activos, se han realizado el test de Elisa y como motivo principal para realizarlo fue debido a un embarazo. Por su parte, el Ministerio de Salud (Minsal) en abril de este año indicó que el contagio de VIH entre los jóvenes aumentó en un 125% en los adolescentes entre 15 a 19 años en un periodo de 10 años.

Otros datos que mencionar son que el 16% de los niños y niñas nacidos en Chile son hijos de madres adolescentes, de las cuales el 80% deserta del sistema escolar y más de la mitad vuelve a ser madre antes de 2 años, quedando excluidas del sistema educativo formal y otro dato no menor hace referencia a que el Centro de Asistencia a Víctimas de Atentados Sexuales (CAVAS) de la Policía de Investigaciones de Chile, estima que 20.000 niños, niñas y adolescentes son víctimas de delitos sexuales cada año en nuestro país.

Teniendo en cuenta lo indicado, los adultos como miembros de las distintas comunidades educativas, las diversas religiones, los docentes, los padres y apoderados no hemos enfrentado ni hemos llegado a un acuerdo nacional que posicione la Educación Sexual Integral desde una mirada de derecho, que sea una prioridad nacional.

La mayoría de los estudiantes universitarios, muchas generaciones de titulados y egresados de todos los niveles educativos en nuestro país han nacido, crecido y formado familias en Chile desde que se adquiere el compromiso de educar en afectividad, sexualidad y género desde un enfoque de derecho y con una mirada integral sin haber sido educados formalmente en este ámbito central para el desarrollo personal, social y cultural.

El escenario ha cambiado desde mis años de pregrado. Varios estudios ya consideran que el principal modelo de relaciones sexuales de los y las jóvenes en Europa, asociados al surgimiento de las redes sociales y el acceso a una sociedad mundializada y altamente conectada, son las conocidas películas pornográfica. Donde los roles de género se presentan estereotipados y violentos se reproducen y se asumen como deseables por nuestros hijos, hijas, sobrinas, hermanas y estudiantes. Sin hablar del sexting, grooming o bullying asociado a género en los establecimientos educacionales, de los cuales derivan otras formas de violencia y aumentan el suicidio.

Cabe preguntarse, ¿cuántas generaciones más estamos dispuestos los adultos a sacrificar?

Tatiana Soto

Psicóloga y académica de la Escuela de Psicología

Universidad Católica Silva Henríquez