El juego como apoyo al desarrollo y la salud mental infantil

Karina Monrroy M, Directora (i) Escuela de Kinesiología, UCSH

Es sabido que Chile es uno de los países de Latinoamérica con peores niveles de salud mental, y esa triste realidad lamentablemente no es ajena a nuestros niños. Si bien, no hay investigaciones de gran envergadura sobre el tema, los que existen nos dan un mal panorama.

En un estudio de Vicente y colaboradores (2012), se establece que la prevalencia nacional de trastornos mentales de niños y niñas, entre 4 a 11 años de edad, es del 27,8%. Según esta investigación, los trastornos más prevalentes en este grupo etario, son los disruptivos (20,6%), seguidos por los trastornos afectivos ansiosos (12,7%). Otros estudios sitúan los trastornos de aprendizaje, entre un 5 % y un 12 % de niños escolares, de los cuales un 60% a un 85%, continúan cumpliendo con los criterios de inclusión en la adolescencia (Avaria, 2014). Asimismo, Kimelman y Lecannelier, expertos en psicología infantil y apego, en diversas entrevistas señalan que “los menores de seis años nacidos en Chile, presentaron la peor salud mental del mundo, reflejado, por ejemplo, en que el 25% de ellos, mostró problemas externalizantes, como déficit atencional, agresividad o hiperactividad, en contraste del 15% expuesto a nivel global”.

Por otra parte, se han mostrado reportajes en televisión, donde niños a temprana edad están mostrando signos de estrés avanzado como colon irritable, por las exigencias académicas y del entorno. Entonces cabe preguntarse ¿Podrían los trastornos de aprendizaje, ser otro síntoma del estrés sostenido en nuestros niños? La neurociencia lo ha dicho, está demostrado que mientras haya un estrés constante, los elevados niveles de cortisol (hormona del estrés) impiden crear nuevas conexiones neuronales, es decir, nos impide aprender.

¿A qué se deben estas cifras tan alarmantes? ¿Cuál es el motivo de que nuestros niños presenten tal nivel de estrés y angustia? Las razones pueden ser muchas y variadas. Por un lado, están los adultos que cuidan a los niños y que no presentan una salud mental adecuada para hacerse cargo de esta labor; largas y extenuantes jornadas laborales que obligan a que los infantes estén extensas jornadas en colegios, after school, guarderías o simplemente solos; adultos tan cansados que no tienen energías para atender a los niños en todas sus necesidades (cariños, reglas, cuidados, etc); escuelas con una gran cantidad de estudiantes que no permiten el respeto y la flexibilidad de los procesos individuales de cada niño, y un gran cantidad de otros factores por mencionar.

Sin embargo, uno de los factores sobre el cual podemos actuar, es en el tiempo libre de los niños, particularmente lo que concierne el juego. Son sabidos y avalados por la ciencia, todos los beneficios del juego. Éste, le permite al niño crear su noción corporal (desde conocer sus segmentos corporales, hasta reconocerse en sus habilidades y debilidades). Es el primer medio de aprendizaje, el niño “aprende haciendo”, que es la forma más efectiva de aprender. Además, durante el juego se liberan gran cantidad de hormonas, como la oxitocina y factores neurotróficos, que dan una gran sensación de placer, dándole ímpetu por repetir un juego, ayudando a fijar el aprendizaje y dejando “preparado” el cerebro para nuevos aprendizajes. Es una herramienta por excelencia, para que los niños trabajen sus miedos y los superen en un ambiente seguro, entre muchas otras propiedades del juego.

Si el juego tiene tantos beneficios conocidos ¿Por qué no se utiliza como herramienta?, o si se utiliza ¿Por qué no está funcionando? Probablemente, el adultocentrismo es la respuesta. Como adultos nos da miedo perder el control de las actividades del niño, preferimos que esté sentado, tranquilo mirando el teléfono, celular, ya que moviéndose podría quizás ensuciarse, caerse o lastimarse. Preferimos, tener a un adulto controlando el recreo, a través de actividades dirigidas en el único momento de esparcimiento de los niños en el contexto escolar, después de 45 a 90 minutos de clases. Cualquier actividad dirigida, aunque sea divertida, no es juego. Muchos de los beneficios propios del juego se pierden, ya que no le permitimos su expresión personal y resolver sus propios conflictos.

Debemos ser capaces de creer más en nuestros niños, darle la oportunidad de aburrirse, de caerse, imaginar y crear por ellos mismos, pero siempre en un contexto “seguro”, amorosamente construido por los adultos cercanos a los niños (padres, cuidadores y docentes) y por un claro encuadre. Esa, es una buena manera de permitir que crezcan adultos seguros de sí mismos, autónomos, independientes y sanos en todos los aspectos.

Karina Monrroy M.
Directora Escuela de Kinesiología
Universidad Católica Silva Henríquez