El mensaje del Papa Francisco al Mundo de la Política

El martes 16 de enero el Papa Francisco fue recibido por la presidenta Michelle Bachelet en el Palacio de La Moneda, en una ceremonia en donde estuvieron presentes el Presidente electo Sebastián Piñera y el ex Mandatario Ricardo Lagos.

El discurso del Papa Francisco en esta oportunidad no fue solamente un saludo protocolar a las autoridades, sino un mensaje cargado de sentido social y con la agudeza de un buen conocedor del mundo político en nuestro continente.

Al contrario de la percepción espontánea de los propios chilenos, el planteamiento del Papa parte por una valoración positiva sobre nuestra realidad social. En consonancia con muchos indicadores avalados por la comunidad internacional, él señala que el país se ha destacado en las últimas décadas por su desarrollo democrático que ha permitido un sostenido progreso.

Evidentemente, hay aquí una valoración que constituye una suerte de “diagnóstico de la realidad nacional” que es necesario sopesar pues, sin el reconocimiento del rol de la democracia, y de los efectivos logros de las últimas décadas, será difícil encarar los desafíos del presente. En tal sentido, el ánimo pesimista o flagelante, con el cual solemos abordar nuestra realidad puede, al contrario de su intención, ahogar el mismo fin que persigue, que no es otro que el de encarar nuestras falencias, pero que no repara adecuadamente en la complejidad de los procesos y su progresión en el tiempo.

Otro aspecto a comentar es la explícita mención a dos figuras emblemáticas de la Iglesia chilena, como son el Cardenal Silva Henríquez y San Alberto Hurtado. Para muchos, ellos hacen patente una forma de entender una relación virtuosa entre la fe y la historia; entre la Iglesia y la sociedad. Para ellos, la primera no se confunde sin más con una doctrina ni se agotaría en un proyecto social o político concreto. No obstante, la “patria sin fronteras” que profesa la esperanza cristina comienza, aunque en germen, en ésta que hoy habitamos. La del aquí y ahora. Por cierto, no se confunden, pero se reclaman.

De esta manera, sostener la tensión entre el presente -con toda su dramática complejidad- y la esperanza de un futuro absoluto prometido por Dios, es el factor donde se juega la coherencia de la fe con la experiencia histórica. Lo contrario lleva insensiblemente a una actitud que aliena la conciencia y no educa a una libertad responsable. En mi opinión, este criterio es el que puede servirnos de derrotero para plantearnos la relación entre la Iglesia y la sociedad en el espacio público.

Para algunos, la fe debiera relegarse a la esfera privada. Un testimonio muy diferente puede verse en las figuras evocadas, quienes no disociaron la experiencia de la fe del compromiso con la historia. A mi modo de ver, esa actitud encarnó una Iglesia “íntimamente solidaria del género humano y su historia” (Gaudium et spes, 1).

Por otra parte, el mensaje aborda directamente nuestra actual realidad social y política. Justamente, señaló que el bien y la justicia no se logran de una vez para siempre. Por consiguiente, lejos de actitudes de autocomplacencia ante los legítimos avances, el llamado es a no instalarse. Al contrario, el desafío es reconocer las situaciones de injusticia e inequidad en la cual viven aún muchos en nuestra patria.

Interpreto el mensaje del Santo Padre como un inequívoco llamado a seguir madurando nuestra democracia. En tal sentido, el escenario de enero recién pasado, de un Gobierno que termina su mandato y otro ya electo, no podría haber sido el más propicio para plantearnos ese desafío. En efecto, no es la obsesión por el desarrollo, entendido éste sólo como crecimiento, el que nos hará un mejor país. Nuestro principal desafío es mejorar nuestra democracia, pues es ésta la que podrá ser el vector hacia un verdadero desarrollo integral. En otras palabras, es la democracia la fuerza necesaria para hacer posible la realización de una patria más justa y más buena para con todos sus habitantes.

En la visión del Papa Francisco, el método no es otro que acrecentar la capacidad de escucha. Escuchar y reconocer nuestra pluralidad étnica, cultural e histórica, hoy confrontada con un escenario globalizado, es nuestra principal tarea. Dicho de otro modo, no es la economía la que está en déficit entre nosotros. Sin perjuicio de los desafíos específicos en ese ámbito, es la política –la democracia en toda su extensión- la que está rezagada. Sin restablecer el rol de la política, esa centrada en el bien de todos, no lograremos ese anhelado desarrollo integral al cual aspiramos. La simple observación de la fragilidad de la democracia en las sociedades modernas, especialmente en nuestra región, nos alertan sobre este déficit que debemos encarar entre nosotros.

Finalmente, no es posible pasar por alto el justo reconocimiento público realizado por el Papa debido al grave daño causado a niños por parte de ministros de la Iglesia. El hacerlo en ese espacio público, le confiere un significado especial. Sin duda los creyentes católicos y, en general, la inmensa mayoría de la sociedad chilena, valoró esas palabras. Al contrario, su omisión hubiese sido incompresible.

Por lo mismo, la controversia sobre la designación del obispo de Osorno por las graves imputaciones de posible encubrimiento de abusos y, principalmente, las tristes declaraciones posteriores del propio Papa al calificar de “calumnias” los testimonios de algunas víctimas, han dejado un sabor amargo en muchos. Más grave aún, eclipsaron el mismo sentido pastoral de su visita a nuestro país.

Necesitamos ahora de una sana distancia para aquilatar la riqueza que nos dejó su mensaje de Pastor. Empero, todo indica que la visita quedó inconclusa de su parte. A nosotros nos corresponde el desafío de recoger su enseñanza.

 

Sergio Torres Pinto

Académico Universidad Católica Silva Henríquez.

Presidente de la Comisión Justicia y Paz.