Carlos Bustos

Académico de la Escuela de Educación Básica e investigador del Centro de Investigación para la Transformación Socioeducativa (CITSE)

El micro y macro-espacio social como alternativa participativa en tiempo de crisis

Desde el estallido social del 18 de octubre del año pasado, la sociedad chilena, desde distintas visiones, enfoques y miradas políticas e ideológicas, había aumentado su participación en espacios de deliberación pública a través de los emergentes cabildos y asambleas territoriales en plazas y sedes vecinales y de diversos espacios de debate levantados desde organizaciones de diversa índole. Todo ello desde lo nuevo o lo instituyente, donde se puso en discusión el orden establecido: la Constitución Política de la República de Chile de 1980 impuesta en plena dictadura cívico-militar.

En este sentido, la consigna “No son 30 pesos, son 30 años” se volvió un reconocido significante de época y reflejo de la injusticia social sostenida y expresada en una profunda desigualdad socioeconómica. Es cuestión de revisar cifras: en el informe bienal publicado en marzo del presente año por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Chile figura junto a México y Colombia como uno de los países con los peores indicadores de bienestar y más desiguales en nivel de ingresos. La distribución dispar de la riqueza ha sido la expresión más gráfica del neoliberalismo en los gobiernos democráticos de los últimos treinta años en Chile.

Actualmente se profundiza esta crisis sistémica asociada a la desigual distribución de la riqueza producto de la pandemia del Coronavirus Covid-19, la que ha llevado a la “unidad de cuidados intensivos” a Chile y al modelo de desarrollo. Esta crisis arrastra, junto al modelo, a la sociedad global en su conjunto, al entrar en colapso el sistema sanitario en cada país por donde avanza la pandemia.

Italia y España observaban colapsar sus sistemas de salud con la crisis sanitaria, enfrentando una alta letalidad mientras se gestaban millonarios negocios en la transferencia de estrellas del fútbol. En una situación similar se encuentra Chile, EE. UU. y Brasil, donde los magnates del comercio declararon “no podemos matar la actividad económica por salvar vidas”.

Esta atmósfera dantesca ante la pandemia y el sistema de prioridades de los gobiernos en las últimas décadas, nos lleva a visitar lo advertido por Bauman y Donskins. Estos autores describen un escenario que definen como una “modernidad líquida, desregulada y desorganizada, atomizada e individualizada, fragmentada, desarticulada y privatizada de consumidores”, caracterizada por una “maldad liquida”, como una modalidad menos tangible que otras experiencias históricas, como los poderes centralizados. Se advierte un mal más sutil que inhibe sistemas alternativos de buena vida.

¿Hasta qué punto la maldad líquida no ha sido sino la despreocupación por la dimensión humana y ecológica de la vida, ambos elementos fundamentales de la biosfera en donde nos constituimos como una unidad? Es posible observar esta maldad líquida en la acumulación de riquezas sin límites, en el extractivismo de recursos naturales, en un modelo de desarrollo desprovisto de imperativos éticos básicos.  La expresión más concreta de esto en nuestro país la encontramos en las zonas de sacrificio, en el uso del agua, en los fondos de pensiones y en el precario sistema de salud que hoy se tiñe de temor e inseguridad frente a la pandemia.

Hoy, la mayoría de quienes se encuentran en los procesos de toma de decisiones, sea en instancias públicas o privadas, se han formado en un sistema educativo cuyo énfasis principal ha estado en lo instrumental. Parece apropiado recordar la obra de Jürgen Habermas, Ciencia y Técnica como ideología, a propósito de la carrera por descubrir la vacuna, que es más una competencia por llegar primero, que un espacio de colaboración científica para la resolución de la crisis humanitaria.

Al respecto, viene al caso plantearnos alguna interrogantes: ¿Cómo se han constituido nuestros espacios relacionales societarios en lo micro, meso y macrosocial? ¿Hasta qué punto hemos sido responsables por acción u omisión de los procesos decisionales? ¿De qué principios, valores o desvalores nos hemos provistos o desprovisto? ¿De qué manera la crisis nos interpela a cada uno de nosotros como ciudadanos? ¿Hasta qué punto el liberalismo económico ha mercantilizado nuestras subjetividades? ¿Cómo resolver la tensión entre los imperativos éticos hacia una buena vida y la individualización que se centra en la maximización de ventajas así como egocentrismo/egolatría? ¿Cómo responder a la tensión entre individuo y comunidad? ¿Cuál es rol de los procesos formativos en ello, pero no solo de las carreras de formación docente en las universidades sino de todas la carreras que van a cumplir tareas en el mundo privado y público? ¿Cómo resolver la tensión entre comunidad e individuo individualizado a través de la educación?

Comunidad y educación, en torno a un buen vivir y su sustentabilidad, parece ser el imperativo ético de la época, ante la crisis del neoliberalismo, la pandemia y el cambio climático.  No obstante, la educación, en sus procesos de enseñanza-aprendizaje, tal como se ha venido impartiendo en los distintos niveles del sistema, está llegando a un punto de alta tensión. Se requiere resignificarla con el fin de dotarla de imperativos éticos, relacionales, amables y amorosos y constructores de un futuro sostenible. Hoy más que nunca es necesario generar cuadros técnicos, profesionales y humanos con sentido de comunidad y de trascendencia, y para ello es fundamental pensar y pensarnos en relación con los otros, principalmente en el microespacio, con el fin aportar a la transformación del macro espacio. En esta línea, es preciso alejarnos de discursos sin sujetos/as, aprendiendo a hacer comunidad nuevamente.