Vanessa Salvatierra Calderón , Mentora Programa PACE - Docente Carrera de Ed Física UCSH

Vanessa Salvatierra Calderón

Mentora Programa PACE  – Docente Carrera de Ed. Física UCSH

La educación superior en tiempos de Covid-19: ¿Un antes y un después?

A raíz de la pandemia ha cambiado la educación que se realizaba en nuestras casas de estudio de manera presencial y llevarla al desarrollo virtual. Ante este escenario, diversos especialistas han manifestado la necesidad de adaptar lo que hacíamos como docentes y replantear nuevas estrategias para poder “educar” con la misma “calidad”, con el objetivo de alcanzar las competencias y/o aprendizajes propuestos en el perfil profesional que cada carrera declara, tal cual sería en la modalidad presencial.

Ante este nuevo escenario, cabe preguntarse y dilucidar si como docentes se ha logrado la adaptación adecuada a este cambio global y obligatorio que nos ha tocado a todes, sin olvidar al estudiantado como principal foco de atención, o sólo trasladamos la clase presencial al modo virtual, reproduciendo el modo expositivo al cual estamos tan acostumbrades. ¿Y cómo no estarlo? Si pasamos 12 años de formación en las escuelas con un modelo de enseñanza frontal, pasivo por parte del estudiantado, mientras les profesores repasan un contenido. En la educación superior, en cambio, se espera que les estudiantes sean capaces de formar parte activa de su propio aprendizaje, que indaguen, cuestionen, resuelvan. Sin embargo, no es fácil cambiar el chip que traemos inserto por tantos años.

¿Debemos transformar la clase virtual en un símil del modo presencial, aplicando los mismos instrumentos de evaluación que en la sala de clases? Puede que en muchos casos se esté replicando así y quizá no con los mejores resultados en lo que a aprendizaje se refiere. Hablar frente a una pantalla inerte y para una audiencia en muchos casos silente, puede resultar en contextos abrumadores y preocupantes. Y es aquí donde se presenta el mayor desafío: incentivar la curiosidad por las materias y el autoaprendizaje a través de la investigación, promover la organización del tiempo para cumplir con las tareas personales y académicas y, por supuesto, fomentar la autodisciplina para lograr lo anterior.

Como sociedad, debemos dar cuenta de lo crucial que es el rol de cada estudiante en su aprendizaje autónomo, transformándose en un organismo vivo y participativo dentro de la comunidad educativa. Así mismo, les docentes debemos incluir instancias de conversación y generar espacios para estos descubrimientos, tomando las medidas necesarias para resguardar su aprendizaje. Sólo así, se puede dar el salto hacia una educación rica en diversidad metodológica que fundamente los saberes disciplinares y humanos.

Dada la incertidumbre y la presión, seguramente muchos están ansiosos y ansiosas de regresar a las aulas, retomar las actividades previas y dejar este episodio como una anécdota en la historia de la educación. Sin embargo, volver al mismo modelo sólo reafirma lo débil de nuestro sistema educativo y lo rígido y automatizado que es. Es urgente un cambio, pero ¿por dónde empezar? Una pregunta que debe ser abordada por toda la comunidad educativa y en función del contexto actual. No sólo es importante abrir la mente del estudiantado, sino de docentes y directives en las distintas esferas, replanteándose el uso y abuso del comando frontal y la mirada academicista, para ir en pro del pensamiento crítico y reflexivo de la formación profesional.

Luego de esta incursión por la educación virtual seguramente surgirán diversas  experiencias educativas, que positivas o no, es preciso recoger y aprender de ellas. No cabe duda que situaciones extremas como esta logran hacer florecer la creatividad y la versatilidad que como docentes tenemos, incluso aún sin estar conscientes de eso.