Nello Gargiullo, Secretario Ejecutivo de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez

Nello Gargiullo

Secretario Ejecutivo de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez

La pandemia y la cultura del cuidado nos interpelan

La paz es antagónica a la guerra, por eso el camino para alcanzarla ha sido objeto de estudio en las Ciencias Sociales durante gran parte del último siglo. La Iglesia misma ha generado una pedagogía y un método para que la paz sea efectiva. Con mucha agudeza, el recordado San Juan XXIII, en la Encíclica “Pacen In Terris” de 1963, señala que el camino hacia la paz es el fruto de una apasionada búsqueda de la verdad y la aplicación con rigor de la justicia, y si además ambas marchan por los senderos del amor y de la solidaridad, la meta si no se alcanza totalmente por los menos se puede acariciar.

Más tarde, en 1968, la Encíclica “Social Populorum Progressio”, estará cruzada por la convicción de que el desarrollo es el nuevo nombre de la Paz, paradigma de referencia de los aspectos sanos de la naciente globalización. En 1965 las Naciones Unidas dieron vida al PNUD, programa para encauzar en las naciones el desarrollo sustentable y la reducción de la pobreza. Lo cierto es que, hasta ahora, la trama y los nudos del desenvolvimiento de este fenómeno de la globalización aún no dejan ver claramente los caminos de la paz.

La pandemia y el cuidado

En este doloroso momento de pandemia, estamos aprendiendo con el Papa Francisco lo que significa el cuidado, no solo desde un punto de vista material. El gran valor de hacerse cargo del cuidado a partir de los más débiles, nos responsabiliza ante esta nueva e inesperada verdad de la Historia: el poder destructor de un virus con una difusión como nunca antes.

En el mensaje de la jornada mundial de paz, realizada en enero 2021, hay un párrafo que vale la pena reflexionar sobre el sentido mismo de la fraternidad, cuya ruptura es causa de injusticias y muerte como pasó entre los hermanos Caín y Abel.

El nacimiento de Caín y Abel dio origen a una historia de hermanos, cuya relación sería interpretada —negativamente— por Caín en términos de protección o custodia. Caín, después de matar a su hermano Abel, respondió así a la pregunta de Dios: « ¿Acaso yo soy guardián de mi hermano?» (Gn 4,9)[3]. Sí, ciertamente. Caín era el “guardián” de su hermano. «En estos relatos tan antiguos, cargados de profundo simbolismo, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás»[4].

El Papa Francisco, desde el comienzo de su pontificado, invitó a la Iglesia a salir afuera, hacia las periferias existenciales, para hacerse cargo de los problemas de marginación y pobreza. Hoy esta invitación vuelve a ser necesaria, para rescatar y actualizar con la cultura del cuidado los fundamentos de la construcción de la paz.

Ejemplos y testimonios de la cultura del cuidado hay muchos. Mencionamos solo dos de los inicios de la Congregación y uno más cercano a nuestra propia historia y pertenencia.

El cuidado como fuerza realizadora

El primero lo encontramos en la experiencia de la Compañía de la Inmaculada que da comienzo a la Congregación Salesiana en Turín, entre 1854 y 1859, cuando el joven sacerdote Juan Bosco parte con el cuidado de los niños más débiles, apoyado por el grupo de 22 jóvenes que habían comenzado la aventura del Oratorio junto a él y que luego serán los cofundadores de la Congregación.

En los caminos del amor y de la solidaridad, a la base está el cuidado de los más débiles, como una respuesta clara a la injusticia social que la sociedad experimenta por los efectos de la Revolución Industrial, revolución poco atenta a las consecuencias de los conflictos entre el capital y el trabajo. Don Bosco, detecta esta problemática y comprende que es necesario ocuparse del cuidado de niños solos y poco acompañados por los padres.

El desafío de ir en ayuda a los afectados por una pandemia de aquellos años, es otro de los pilares sobre el cual ese grupo se fortalece, para luego a partir de 1859 a multiplicar esa experiencia del Oratorio en otras ciudades, hasta llegar a los cinco continentes en pocos decenios y generar un sistema educativo basado, justamente, en la prevención. El cuidado, en este caso, podemos afirmar que es una prevención que construye un ambiente de paz y de crecimiento humano, espiritual y profesional.

El cuidado como recuperación de la salud material y de la recomposición nacional

Más cerca de nosotros, pero siempre con el estilo de San Juan Bosco y toda la experiencia de la Doctrina Social de la Iglesia, en 1975 el entonces Arzobispo de Santiago, Mons. Silva Henríquez, da vida a la Vicaría de la Solidaridad, brazo de la Pastoral de la Iglesia que persigue hacer efectivo el ejemplo del buen samaritano en el desconcierto histórico de los años ‘70. Para mantener el alma libre, religiosa, solidaria y disciplinada del pueblo de Chile, se necesitaba transitar por los caminos de la justicia y de la verdad, sin prescindir del ejercicio efectivo de la solidaridad y del amor para reducir los odios y las venganzas.

La recomposición social y de hermandad del pueblo, en la experiencia de enfrentar esta pandemia con valentía y colaboración con todos los tropiezos que persisten, podrá ganar puntos significativos. La vacunación marcha con una fuerza inesperada: la vacunación como un bien común y, en lo más inmediato, de recuperación de la salud material de la población.

La curación y la vacuna en el Chile de hoy

Hoy Chile está logrando una vacunación rápida, ordenada y sin exclusiones, porque es gratuita. Es un buen ejemplo para repetirse en otros frentes, cuando las necesidades y urgencias deben dejar de ser privilegios de unos para transformarse en bienes comunes.

Sin duda, con los procesos eleccionarios la política tiene el desafío abierto de tener en su mirada a los jóvenes, desde su formación hasta su inserción laboral; y a los mayores, para no dejarlos solos y desprotegidos en el tramo final de la existencia.

Es bueno revivir la historia para iluminar la experiencia del presente, a partir de la efectividad de grupos cohesionados y unidos en la construcción del bien y los bienes comunes. En este sentido, a partir de nuestra propia Iglesia habrá que recorrer el camino de las órdenes religiosas; congregaciones y movimientos apostólicos modernos, que operan en el país.

Siempre alrededor del carisma de los fundadores se han congregados hombres y mujeres, por lo general en grupos pequeños, pero con un fuerte empuje renovador y revitalizador, cambiando épocas y situaciones puntuales. Las minorías proféticas, como Benedicto XVI se refería a los grupos pequeños, tienen la fuerza para producir cambios.

Hoy, más que nunca, todos necesitamos de fuerzas carismáticas y proféticas, para revitalizar nuestras propias existencias. El miedo y las incertidumbres han abundado y lo seguirán haciendo. Abrámonos a reconocer estos signos de fuerza y esperanza, para no perder la oportunidad de ser constructores de paz y promotores de los cambios que vienen.