Mercedes Barros Saavedra y Víctor Martínez Gutiérrez, Académicos de la Escuela de Educación Diferencial UCSH

 Víctor Martínez y Mercedes Barros  

Académico Escuela de Educación Diferencial  UCSH

La sincronía como un método de exclusión de nuestros estudiantes y la desconexión como una oportunidad de volver a la humanidad

Al inicio del semestre, una estudiante preguntaba si podía amamantar a la güagüa mientras estábamos en clases sincrónicas. Ella no entendía mucho del área de la actividad curricular y sabía que necesitaba estar atenta por si le surgía alguna duda en lo que se explicaba. Luego, de algunas semanas participando parcialmente, se dio cuenta que, las sesiones en las cuales trabajamos, con el diseño de aprendizaje propuesto para algunas actividades curriculares, la sincronía no es una condición “sine qua non” para poder estar en clases, sino al contrario, es impostergable el trabajo autónomo de aprendizaje y de búsqueda de mejores resultados individuales y colectivos.

Como docentes, siempre estuvimos convencidas/os que las/os estudiantes nos necesitaban para aprender, que les enseñáramos bien, que éramos los dueños de los saberes y que los “traspasábamos” a los estudiantes (algunos considerados alumnas/os en muchos casos). Ahora con la irrupción forzada de las tecnologías para mediar los procesos de enseñanza- aprendizaje nos dimos cuenta que las y los estudiantes pueden aprender sin nosotros, que la sincronía no es una obligación para que todas/os aprendan mientras ven la lección que les podemos dar en cámara, tal como la dábamos en vivo desde hace años. Porque no todos pueden estar en clases al momento que las tenemos programadas o que, como docentes podemos enseñarles.

Eso, es en muchos casos difícil de entender por la gente y es que, somos esclavos de la tecnología, sí, así mismo. Algunos somos adictos por saber qué está pasando en las redes sociales, otros dependen de las tecnologías para poder trabajar y mantener su fuente de ingresos y otros, más preocupante todavía, dependen de las redes sociales para mantener una sensación de sentirse importantes en esta sociedad. Un artículo científico muy interesante , del 2020, habla de que las tecnologías son tan adictivas como el tabaco en la sociedad actual y que, gran parte de nuestros estudiantes, presentan FOMO, una fobia a perderse las “experiencias”, haciéndolos completamente vulnerables (Adicción a redes sociales, Miedo a perderse experiencias (FOMO) y Vulnerabilidad en línea en estudiantes universitarios. Varchetta y otros).

Gran parte de nosotras/os ya éramos personas hiperconectadas, con fobia de dejar de lado el celular o con una necesidad total de ver el teléfono antes de dormir y que sea éste mismo objeto lo primero que vemos en las mañanas. Fenómeno que carcomió lentamente nuestras vidas y que en algunos estudios se asocia al bajo rendimiento laboral y al sobrepeso en las generaciones actuales. Bueno, eso antes era más opcional, ahora ya no lo es, mucha gente que se estaba salvando de este desdén ahora está obligada por otros motivos a estar siempre atentas al celular, computador, tablet o lo que sea. Y ahora sucede algo muy particular, algo que no habíamos visto nunca, ni habíamos pensado, todos las/os habitantes de nuestro país deben estar atentos a lo que se les puede comunicar por vías telemáticas ya que, de eso depende su supervivencia a la pandemia y el respeto de las leyes impuestas para salir de esta desgracia a nivel mundial.

Ahora, considerando esa sobrecarga de conexión, esa sobrecarga de trabajo domiciliario, esas presiones extras de tener a toda la familia conectada y monitorear que todos cumplan sus deberes y responsabilidades como sociedad, estudiantes, humanos, parientes, vecinos, o lo que sea. ¿Estamos realmente conectándonos con nuestros parientes y cercanos? Requerimos como sociedad ser capaces de desconectarnos para conectarnos, mirarnos a los ojos con los que tenemos cerca y saber qué está pasando. Los que tenemos grupos a cargo, debemos dar espacios cotidianos para que se desconecten de lo digital y puedan conectarse con la gente que tienen cerca. Una desconexión digital para una reconexión analógica humana, un espacio para poder respirar y vivir. Un momento para volver a percibir al prójimo o al próximo a través de los ojos y poder ver reflejada nuestra propia alma manifestada en los ojos de los demás, ya que no sé si realmente se podrá advertir el reflejo del alma en una pantalla de celular.