Léxico de la protesta

Luis Barrera

Más allá de lo nefastas y perjudiciales que puedan resultar, las crisis sociales y políticas suelen implicar también miradas diferentes y revitalizaciones en muchos aspectos. Uno de ellos es el lingüístico. Florecen de nuevo y se vuelven parte del lenguaje cotidiano vocablos y/o expresiones cuyo nivel de frecuencia de uso es muy inferior en épocas más rutinarias. En este sentido, mucho léxico ha resurgido con fuerza en este tiempo de convulsión social chilena. Quisiéramos mencionarlo, recogerlo, agruparlo todo, pero aquí el espacio disponible no lo permite. Veamos apenas algunas de esas palabras que desde el pasado 18 de octubre son inevitables en la conversación diaria, en los medios, en las redes y en los múltiples letreros que leemos en las calles.  No es que antes no las mencionáramos; es que ahora aparecen cada día en cualquier evento comunicativo.

Balín. Se llama así a un pequeño proyectil esférico disparado con una escopeta de aire comprimido. También es conocido como perdigón, pero este último suele ser de plomo. El que podría recibir cualquier manifestante, por muy pacífico que sea, es conocido en el léxico técnico policial como “herramienta no letal antidisturbio”. Solo hay que haber recibido alguna vez uno de ellos para darse cuenta de que, si fuera cierto que son de goma, deben ser de goma “aplomada”. Y lo de “no letal”, depende, principalmente si, a consecuencia del impacto, pierdes la vista.

Carabinero/a. En el Diccionario de Americanismos (2010), se registra como voz del español americano, utilizada en Colombia, Bolivia y Chile. Genéricamente, alude a cuerpos de policía encargados de resguardar el orden público y se les relaciona con el tipo de armamento que, teóricamente, portan, la carabina. También se registra para Chile el uso de carabitate, como voz popular y festiva, quizás sinónimo de paco o paquito. En cuanto a países no hispanohablantes, son más que conocidos los temibles carabinieri italianos. Alguna información de prensa mexicana ha hecho ver que hay un proyecto de creación de una fuerza que se denominará Carabineros de México, inspirada en los de Italia, y, por qué no, rememorando un conocido corrido de la revolución mexicana, Carabina 30 30, popularizada en Chile por el grupo folclórico Quilapayún.  Una curiosidad final relacionada con este vocablo es una copla mencionada por el folclorista y bibliógrafo chileno Ramón A. Laval (1862-1929), en su libro Del Latín en el Folklore Chileno (1910): Levántate sancte meus / Siéntate en tu potestate / Ponéte tus childos mildos / También tus carabitates / Véritas y veritates.  Según el autor los childos nildos aluden a los calcetines, pero de carabitates no asegura que se refiera a los zapatos, como alguien le comentara. Lo que sí parece obvio es que, en esos versos, carabitates no aludía a los uniformados a quienes tanto vemos en la calle en este tiempo, porque para ese momento no existían; se crearon en 1927. Lo que sí hemos visto en la tele es que algunos carabitates tienen mucho dominio de sus botas cuando reducen a algunos manifestantes en el piso.  Misterios de la etimología.

Paco/a.  Relacionada con el concepto de carabinero/a, no hay duda de que, independientemente de su muy discutida etimología, el uso del vocablo paco se ha multiplicado actualmente, y no para bendecirlos o agradecerles. Podría decirse que se ha extendido por buena parte de Hispanoamérica para designar despectivamente a los oficiales de policía. No obstante, son tan “admirados” que, además, varios países los han bautizado con denominaciones populares como para un estudio léxico amplísimo: botones, cerdo, chapa, chepo, chonte, chota, guindilla, jura, madero, pasma, picoleto, pitufo, tira, tombo, verde, yuta, etc. En algunos lugares, varios de esos apelativos aluden más a la institución que a los individuos; por ejemplo, pasma, yuta, chota, jara, tira. De lo que no hay duda es de que, sea corporativa o individualmente, siempre se usan despectivamente y, no importa cómo se llamen oficial o popularmente, al menos en Latinoamérica, los cuerpos de policía gozan de muy escaso aprecio social, principalmente cuando hay protestas como las actuales. No en vano, en estos días aparecen letreros que los recuerdan en diversos muros de la ciudad: paco bastardo, paco jalero, paco milico y, por supuesto, no podía faltar el más festivo, en lenguaje inclusivo, pacx qlx… El trato despectivo chileno se extiende incluso a los vehículos en los que se movilizan: guanaco, zorrillo, micro verde, entre otros.

Guanaco. Si del guanaco-animal se dice que es de los pocos animales capaces de consumir agua salada y expeler largos escupitajos, del guanaco-vehículo destaca el rechazo que despierta entre los manifestantes, debido a que su “saliva” es picante y aderezada con otros desconocidos ingredientes nada benignos que, incluso, suelen generar alergias en la piel. Casi resulta un eufemismo decirle formalmente ‘carro lanza agua’. Mejor quedaría nominarlo ‘agua-naco repelente’.

Zorrillo. Vehículo lanza gases cuya designación proviene de su “semejanza” con el animal del mismo nombre (también conocido como mapurite, mofeta o chingue). Ambos expelen gases. Los del zorrillo-animal provienen de sus glándulas anales y la fetidez es tanta que suele alejar a cualquiera que intente acercarse; los del zorrillo-vehículo proceden de una cisterna o balón, pero cumplen el mismo papel del anterior. Por muy pacífico que sea, no debe haber manifestante que no haya tenido alguna ingrata experiencia con el zorrillo-vehículo. Con el otro, no lo sabemos.

Gasear. Verbo que se utiliza como sinónimo de ‘gasificar’. El Diccionario de la lengua española es muy claro al definirlo: “someter [a la gente que protesta] a la acción de gases asfixiantes, tóxicos, lacrimógenos, etc.” Es decir, alude a la sustancia que arroja el zorrillo-vehículo, no importa si en forma global, desde una cisterna, o en “pequeñas dosis” como las contenidas en las bombas lacrimógenas disparadas con una escopeta.

Lacrimógena. Se trata de un adjetivo que algunas veces se usa como nombre (lanzaron varias lacrimógenas).  Etimológicamente proviene de la forma latina lacrĭma. Aunque se escucha mucho e incluso se lee en algunos diarios, no es adecuada la forma *lagrimógena (con ‘g’). Nadie duda de que sacan lágrimas (y no precisamente de cocodrilo), pero no por ello debe asociarse fonéticamente con ‘lagrimeo’.

La lista es más extensa, por supuesto, pero se agota el espacio.

Luis Barrera Linares

Escuela de Educación en Castellano

Grupo de investigación Prácticas Lectoras y Escritura Académica

Centro de Investigación en Educación y Aprendizaje Basado en la Comunidad (CIEABC)