Los garabatos y sus significados

Luis Barrera

Un vocablo no es garabato por sí mismo, a veces depende de quién lo expresa, dónde y en qué situación.

Durante nuestro paso por la escuela básica, siempre escuchábamos decir que hay palabras buenas y palabras “malas”. Estas últimas o no debían decirse o, inexplicablemente, a veces estaban reservadas a los adultos.  También se las conocía popularmente como groserías. Los filólogos suelen llamarlas voces malsonantes.  Otros hablan de imprecaciones, aunque con ese tipo de vocablos no siempre se maldice a alguien. No faltan los que las denominan escatologías, porque algunas de ellas aluden a excrementos. Para agruparlas todas, en España se las categoriza coloquialmente como ‘tacos’. Hay quienes prefieren agigantarlas y denominarlas palabrotas o voces “gruesas” u “obscenas”.  En Bolivia, Ecuador, Honduras, México, Panamá, Guatemala y Perú se las agrupa con un término que hasta resulta poético: ‘lisuras’. En Chile se conocen popularmente como ‘garabatos’ y ‘chuchadas’. En fin, tienen muchas denominaciones. Y están presentes en todos los idiomas. Curiosamente, en español estándar también se conocen como ‘palabros’ (sí, en masculino).

Preocupado por estos términos no siempre aceptados socialmente y prohibidos en ciertos contextos conversacionales, el escritor, académico y Premio Nobel español Camilo José Cela (1916-2002) publicó un amplísimo compendio al que, precisamente por la naturaleza de su contenido, tituló Diccionario secreto (1968). Aunque llegó a publicar tres tomos, su inventario no fue suficiente para dar cuenta de la cantidad existente de palabros en lengua española.  Quedó inconcluso el propósito. Es interesantísimo este diccionario, porque cada garabato incluido en él está respaldado con citas provenientes de la literatura, lo que da un estatus diferente al tratamiento de ese vocabulario execrado de muchos manuales.

No es casualidad que una buena parte de su repertorio aluda a los genitales, a ciertos orificios del cuerpo o a las excrecencias que de ellos (o por ellos) emanan. Sin embargo, para la lingüística, la lexicología y la lexicografía todas las palabras tienen el mismo valor. No hay mejores ni regulares ni peores.  Y la utilización de algunas groserías depende a veces del valor social que se les asigna en cada lugar, de la situación en que se les utilice e incluso de quién las exprese. Algunas incluso se desgastan por el uso cotidiano y terminan perdiendo el impacto que las caracterizó al comienzo.  O se las “viste” con ropaje nuevo y disimulado; entonces pasan a ser eufemismos, como, por ejemplo, ‘pucha’ y ‘chuta’, tan habituales e inofensivas. Aunque parezca contradictorio, a veces hasta se usan para halagar a alguien: ¡qué bien escribe el cabronazo!

No faltan quienes piensan que, al menos en nuestra lengua, existen términos más deplorables que los garabatos. Uno de ellos es, por ejemplo, ‘gargajo’. Lea usted la definición que de este vocablo ofrece el Diccionario de la lengua española y juzgue si, en cuanto a su significado, no es más insolente que algunos términos soeces: “Mucosidad pegajosa procedente de las vías respiratorias que se expulsa de una vez”. Referido a persona, un ‘gargajo’ es en Puerto Rico “alguien desagradable”.  Resulta tan fuerte que algunos la utilizan con propósitos insultantes y buscan injuriar a los demás llamándolos así o asegurándoles que son unos mocos. Sin embargo, en algunas regiones hispanoamericanas se nos hace difícil entender el dicho peninsular según el cual algo o alguien “no es moco de pavo”, queriendo decir que es muy importante o relevante. Conclusión, las procacidades a veces “malsuenan” (o malsonan) en unos lugares mucho más que en otros. Llamar ‘huevón’ (o “güevón”) a alguien en Chile no resulta ofensivo, como sí pudiera serlo en algún otro país.

Y es que las llamadas voces malsonantes no siempre suenan tan mal. Pueden ser verbalmente “sucias” o “asquerosas” para unos, pero también resultar menos lesivas para otros u otras. Todo depende a veces de la situación en que se hagan presentes. Si no me cree, dese por accidente un golpe en plena frente o en la rodilla con algún objeto punzopenentrante. De ser usted pudibundo/a (y a veces exageradamente purista) seguramente expresará “¡cáspita!”, “¡recórcholis!” o “¡zambombas!, cual personaje de cómic. Cualquier otra expresión posible en ese contexto, pero más realista y sincera, la dejo a imaginación del lector o lectora.

Luis Barrera Linares

Escuela de Educación en Castellano

Grupo de investigación Prácticas Lectoras y Escritura Académica

Centro de Investigación en Educación y Aprendizaje Basado en la Comunidad (CIEABC)