Malestar social en América Latina: Desafíos a la Educación

Jorge Baeza, académico investigador Centro de Estudios Sociales y Juventud

Sin subvalorar lo que está ocurriendo en Chile, sin querer tampoco perder la urgencia de dar respuestas hoy a las necesidades apremiantes de muchas personas; no podemos dejar de reconocer que lo que acontece en nuestra patria es parte de algo mucho mayor, de largo alcance y gran profundidad. Como lo indica el CELAM (2019): “En los últimos meses y semanas, en países hermanos como Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Haití, Nicaragua y Venezuela, vienen aconteciendo grandes movilizaciones ciudadanas, protestando por desigualdades e injusticias que son fruto del pecado que se ha institucionalizado, dando la espalda a los más pobres y marginados”[1].

En un reciente informe de la CEPAL (2019)[2], entrega datos categóricos al respecto: América Latina y el Caribe sigue siendo la región más desigual del mundo, por sobre el África Subsahariana; la tasa de pobreza de la población que reside en las áreas rurales es alrededor de 20 puntos porcentuales mayor que la de las áreas urbanas; la proporción de personas cuyos ingresos laborales son inferiores al salario mínimo establecido por cada país, en promedio, es de alrededor del 40%; alrededor del 20% de los ocupados poseen subempleo por ingresos, es decir, trabajan jornadas excesivas para lograr ingresos laborales mayores a los niveles de pobreza relativa en su país; solo 1 de cada 4 hogares latinoamericanos se encuentra en una situación de doble inclusión (inclusión social e inclusión laboral) y las brechas se acrecientan para la población rural, los hogares cuyo jefe o jefa es indígena o afrodescendiente, y las personas con discapacidad. El mismo Informe (CEPAL, 2019) específica, que las mayores demandas en la región, se concentran en el sector de la salud y de los cuidados asociadas al envejecimiento; pero se mantienen dificultades en el acceso y calidad de la educación.

La realidad latinoamericana descripta, no es ajena en su fondo a la realidad que acontece en muchas otras partes del mundo. Una realidad que el Papa Francisco ha denominado de primacía de la cultura del descarte. Una cultura, dice el Papa, donde “ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»” (Evangelii Gaudium N° 53). Habitamos una sociedad de individualismo y profundas desigualdades. Una realidad, además, como señaló el Papa Francisco en su visita a Chile, en que “vivimos en una sociedad líquida o ligera, como la han querido denominar algunos pensadores; van desapareciendo los puntos de referencia desde donde las personas pueden construirse individual y socialmente”. Una sociedad en definitiva de desigualdad e incertidumbres, que ha llevado a una pérdida de la confianza en los demás y de la construcción de un “nosotros”, que permita superar los individualismos.

Estamos enfrentados a una realidad que exige con urgencia un “nuevo pacto”. De aquí, la invitación del Santo Padre a la generación de un pacto educativo global[3]: “Hoy más que nunca, es necesario unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna”. Un pacto donde se pueda “dialogar sobre el modo en que estamos construyendo el futuro del planeta” y “madurar una nueva solidaridad universal y una sociedad más acogedora” (palabras del Santo Padre, en su mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo). Es cierto que la magnitud de la tarea a enfrentar es de dimensiones tal, que exigiría de pactos en la multitud de ámbitos en que se desarrolla la vida: lo social, económico, cultural, ambiental… pero, sabiendo que cada uno de estos pactos específicos, sólo tendrá sostenibilidad en el tiempo y una profundidad en las personas y en sus relaciones, si se fundamenta y hace vida en los procesos educativos; la educación, se convierte en el ámbito principal donde deben todos y cada uno articularse. “Se requiere -indica el Papa Francisco- construir una «aldea de la educación» donde se comparta en la diversidad el compromiso por generar una red de relaciones humanas y abiertas” (Papa Francisco, Mensaje para el lanzamiento del Pacto Educativo).

El mundo en general, pero muy especialmente América latina, requieren de este pacto y ello implica, no sólo nuevos acuerdos entre familia y escuela o estudiantes y docentes, o nuevos contenidos curriculares o mejores métodos pedagógicos, sino algo más profundo, una concepción antropológica que eduque en una relación más fraterna y justa con los demás, una relación más respetuosa con la naturaleza, una relación menos individualista consigo mismo y una relación más filial con Dios. Es cierto que la mayor parte de las escuelas y colegios de la Iglesia Católica están ubicado en sectores vulnerados, pero también es cierto, que gran parte de las élites de las naciones latinoamericanas fueron formados en escuelas o universidades católicas que requieren cuestionarse, profundamente, en su responsabilidad en las causas del malestar que hoy estamos experimentando. No es un momento para distribuir culpa, más aún desde la Iglesia Católica Chilena, sino más bien, es un momento para cuestionarse en la coherencia con la identidad que se enuncia. Tampoco es un tiempo para “dictar cátedra”, hablando desde arriba y desde afuera (a otros y no así mismo), lo que se requiere es escuchar y construir con y para los demás, desde adentro y desde abajo.

[1] CELAM (2019): Caminar juntos por la paz de nuestros pueblos. Declaración noviembre 21 de 2019.
[2] CEPAL (2019): Panorama Social de América latina 2018.
[3] Francisco (2019) Mensaje para el lanzamiento del pacto educativo. Septiembre 12 de 2019

 

Jorge Baeza

Académico investigador Centro de Estudios Sociales y Juventud UCSH