Octubre/19: El fin de una ilusión

Sergio Torres, Director de la Dirección de Formación Identitaria de la UCSH, Universidad Católica Silva Henríquez

La actual situación de crisis social y política que vive nuestro país marca el fin del Programa de Gobierno de S. Piñera II, al menos tal como fue concebido en su origen. En independencia de los efectos políticos inmediatos, mirado en perspectiva, lo cierto es que estamos ante el fin de una ilusión: la visión sobre el desarrollo del país estrechamente concebido.

En efecto, se instaló sin contrapeso social un modelo de desarrollo en extremo liberal que, si bien ha generado crecimiento económico y que – junto a políticas públicas focalizadas- ha reducido notoriamente la pobreza, no ha generado mayor equidad en el conjunto de la sociedad. Pese a su valor, esa forma de entender el desarrollo es cuestionable tanto desde el punto de vista de la justicia conmutativa, esa que permite una relación entre iguales y posibilita una economía sólida y sustentable; como desde la justicia distributiva, esa que procura la justicia social y posibilita una real cohesión social, de la cual hoy tanto carecemos. No por nada el abuso y la inequidad se nos vuelven simplemente intolerables.

El Cardenal Silva Henríquez lo visualizó tempranamente en los ochenta: la discusión futura versaría entre el liberalismo económico y el planteamiento en pos de un desarrollo integral que propugna la enseñanza social de la iglesia. Esta no claudica en ver la función social de la propiedad privada en la riqueza que crea a partir del capital y el trabajo, encarando las absurdas desigualdades para ofrecer un camino que integre lo individual y colectivo (cf. Memorias, T.II, 214-215). Todo un proyecto y un desafío para una universidad como la nuestra.

Lamentablemente, no es la visión del rol de la iglesia que primó posteriormente y explica, en no menor medida, su propia crisis: si antes intentó acompañar la suerte de su pueblo, ahora se ve desolada y desconectada de la realidad social y cultural de la sociedad chilena.

No es posible aquilatar todos los factores que han gatillado el “estallido social” en el cual estamos inmersos, ni menos prever su evolución. No obstante, es necesario abrir el debate, deliberar y reencontrarnos en un proyecto común. Para ello sugiero algunos puntos para la discusión.
En lo inmediato, es imprescindible esclarecer las graves violaciones de los Derechos Humanos que han ocurrido en estos días. Estas nos retraen al horror que pensábamos superado. La justicia tiene un papel insustituible en todo esto, así como la persecución de la violencia que daña y castiga especialmente los sectores más pobres. No habrá paz social sin aislar y condenar todo tipo de violencia.

Por otra parte, como bien se ha develado de múltiples formas, esta crisis no es simplemente el hastío ante algunas situaciones graves y de fácil solución. Por el contrario, enfrentamos una crisis social de proporciones. No entender su gravedad nos coloca en un escenario que solo conducirá a paliar la desconformidad, pero no a encarar las graves desigualdades, que son de larga data histórica y múltiples causas. No es sólo el crecimiento económico en un contexto globalizado el que nos hará “desarrollados”, sino hacer de la inclusión social un propósito común sobre el cual fundar una mirada de futuro.

De esta manera, se impone que esta es una crisis social y política a la vez, que desafía en lo más esencial nuestra democracia. En última instancia, es el déficit de la política el que ha fallado en la conducción de los procesos sociales donde no ha primado el Bien Común. Esto es precisamente lo que explica su falta de credibilidad por parte de la ciudadanía. ¿Podrá hoy escuchar y hacer propio el drama de carecer de un proyecto que nos haga reencontramos como un solo Pueblo en la justicia y la paz? Como ya lo sostiene un número importante de la población, sin un nuevo pacto social concebido democráticamente difícilmente lograremos esa anhelada cohesión social. Empero, no se trata sólo de la ilegitimidad del pasado sino de los nuevos retos que enfrentan las sociedades contemporáneas. Es decir, con una mirada de futuro respecto al rol del Estado centrado en el Bien Común y en la promoción de un desarrollo equitativo y sustentable, donde el aporte de lo económico no puede disociarse del social y de la inclusión de la diversidad que conforma la sociedad.

Hoy nuestro país está ante un dilema fundamental: o persiste en la dicotomía de un crecimiento sin sentido de justicia social o, bien, se abre a un nuevo pacto económico, social y cultural auténticamente integrador. El diálogo social es el único camino que nos conducirá a encontrar acuerdos para una vida digna para todos.

Sergio Torres
Director Dirección de Formación Identitaria UCSH