Juan-Arias-Krause

Juan Arias Krause

Académico e investigador del Instituto de Filosofía Juvenal Dho de la UCSH

Sobre la eutanasia o la muerte auténtica

Señor, da a cada cual la muerte que le es propia

R. M. Rilke

Durante la primera semana del 2021 se ha dado a conocer la encuesta Cadem en la que se ha señalado que el 72% de los chilenos se encuentra a favor de adelantar la muerte en caso de enfermedad terminal o dolor extremo. Mismos motivos contenidos en el proyecto de ley sobre la eutanasia (con el nombre de “muerte digna y cuidados paliativos”) aprobada en la Cámara de Diputados la semana anterior y que ha pasado a la Comisión de Salud del Congreso nacional para asumir indicaciones.

Ciertamente el proyecto se sitúa dentro de la órbita de los cuidados paliativos y comprende principios que han sido valorados por la Bioética en las últimas décadas dentro del marco clínico, como lo son, fundamentalmente, el principio de la autonomía y el consentimiento informado y lo que este involucra: la información sobre los procedimientos a seguir, sus  riesgos y beneficios (y su correcta valoración ), la posibilidad del paciente de preguntar o de retirarse libremente del tratamiento, la seguridad de que el paciente comprenda lo que ocurre, la voluntariedad del procedimiento, el aseguramiento de que no haya coerción, y si existe, o no, influencia indebida.

Si bien estos principios que deben regir la práctica médica se encuentran presentes en el proyecto de ley, existe un vacío dentro del contexto de la discusión sobre la eutanasia que ha quedado al margen. Se trata del fondo en el cual surge la discusión, pues el deslizamiento del plano ético y valórico, en el que se mueve el tema de la muerte, al plano legislativo y jurídico, entraña una serie de problemas asociados: entre otros, la consideración de como algo eminentemente particular y subjetivo, se convierte en algo general y ya no objetivo, sino objetivado. Esto porque problemas como el de la muerte y las formas en que esta sea asumida, a pesar de ser el acto más universal de todas las existencias, aun así, es el menos universalizable. Pues si bien el hecho de que todos los seres vivos han de morir un día es una evidencia común, con todo, el acontecimiento que significa la muerte siempre será, en cada caso, único y particular. De modo que al legislar, y de querer objetivar sobre los distintos modos de morir, acontece un movimiento de contradicción dialéctica: con la apropiación legislativa de la muerte, se desapropia la muerte a nivel individual.

La objetivación de algo que corresponde a la esfera individual siempre contendrá un gesto violento y a través de este gesto, se ejerce control y dominio sobre las formas de vida, acento que la Crítica del Derecho ha puesto hace décadas. En este caso, más que seguir en esta línea, nos interesa destacar este particular fenómeno al que nos referimos, la muerte, desde una breve reflexión sobre este carácter peculiar que posee de ser lo más universal y, al mismo tiempo, lo más particular y que, por ello, más que un fenómeno, es un acontecimiento que se apropia de la existencia. De modo que, al intentar apresarlo, poner jurisdicción sobre él, lo que se hace es limitarlo y someter ya no solo las formas de morir, sino también las formas de vivir.

En esta línea va, también, la idea de la muerte auténtica, uno de los motivos centrales de la obra del poeta Rainer María Rilke –tal vez el poeta de mayor altura metafísica del siglo XX-, citado en el epígrafe. Ciertamente resuena en esto la llamada “autenticidad del Dasein” heideggeriano, que impregna la concepción del ser para la muerte de su teoría.

Así, cuando el poeta de Praga realiza su poema-plegaria, explicita la forma en que la muerte se da de manera auténtica señalando: “Señor, da a cada cual la muerte que le es propia / El morir que de cada vida nace / En el que tuvo amor, sentido y pena”. Una muerte que nace de la vida –como se ha dicho, siempre individual e infinita en tal individualidad- y, por tanto, de cada una de sus experiencias, cobra sentido dentro de ese horizonte de posibilidad que significa el morir, que, al punto de clausurar, de poner termino, abre y posibilita la realidad vital. Esto es algo semejante a la presencia amorosa que entraña la posibilidad de la muerte del Fantasma de Canterville (que no es visitado por el Ángel de la Muerte, por no tener lágrimas, por no tener fe): “Usted puede ayudarme –le dice este a Virginia-. Usted puede abrirme las puertas de la Muerte, porque el Amor está siempre al lado de usted y el Amor es más fuerte que la Muerte.” Una muerte que nace del amor, así como del sentido de la vida, posibilita la autenticidad de la muerte, en su apropiación de la vida.