¿Una nueva racionalidad para una nueva humanidad?

A propósito de la pandemia y de la crisis ecológica con la que se le relaciona, no son pocas las personas que señalan que la sociedad se va a enfrentar a la necesidad de cambiar después de este trance, y otras agregan que para ello deberá emerger una nueva humanidad para una nueva Tierra.

¿Esta necesidad de cambio nos coloca ante la oportunidad de repensar críticamente la concepción de hombre y de persona que la cultura occidental ha tenido a la base para para construir sus formas de ver y de relacionarse con la realidad? Esa base a repensar se ampara en dos criterios: 1) Sustancia individual de naturaleza racional (¿fundamento del individualismo y racionalismo intelectual?), y 2) Unidad sustancial de cuerpo y espíritu (unidad que no significa unicidad y que no asegura la armonía relacional entre ambos componentes).

El desarrollo de esta concepción, estaría constituyendo el fundamento de una postura positivista en la relación sujeto-objeto que ha privilegiado al objeto en una actitud de dominio por parte del sujeto. En este sentido, respecto a la relación con la Tierra, asertivamente el Papa Francisco indica que “hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire  y en los seres vivientes (…). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra” (Laudato si, 2)

Según mi opinión este repensar supone aceptar que la unidad sustancial de cuerpo (dimensión cuantitativa de lo humano, donde se aliarían la racionalidad intelectual con el instinto natural selvático que compartimos con la vida infrahumana) y espíritu (dimensión cualitativa espiritual de lo humano, donde se aliarían la racionalidad de sentido con la conciencia y la libertad), no conlleva necesariamente, al interior de la unidad, una relación armónica entre ambos componentes o dimensiones de lo humano. Ciertamente, tal relación armónica constituiría una relación ideal, no obstante lo real es que estaríamos en presencia de una relación en que los componentes de la unidad sustancial interactúan de manera disociada, más todavía: de manera polarizada (¿uno de los fundamentos de la violencia que hay en corazón humano a la que se refiere Francisco?).

En efecto, unida a la consagración de la concepción de hombre y de persona señalada, a partir del siglo XII en adelante ˗pienso˗ se habría establecido en Occidente una relación entre el hombre y las realidades externas a partir preferentemente de la dimensión cuantitativa de lo humano. En ese sentido, la alianza entre racionalidad lógica e instinto (individual egocéntrico) generará un enfoque positivista donde la pregunta por el funcionamiento de la realidad será la relevante y el conocimiento adquirido a partir de ellas tendrá el privilegio de ser considerada como LA VERDAD (positivismo científico tecnológico; positivismo ideológico social; positivismo religioso doctrinal), con un lenguaje afín a ese tipo de verdad que a menudo excluyó otro tipo de acercamientos a la realidad y generó también altos niveles de fundamentalismo intolerante y violento. El conocimiento adquirido surgía (y lo sigue haciendo) a base de una relación instrumental-funcional con la realidad, incluidos los otros y la misma realidad divina, cuya verificación queda sustentada mediante la demostración empírica o lógica: en el caso de la relación con la Tierra, ella es considerada un objeto a utilizar y con el tiempo a depredar; por otra parte, el misterio del hombre y el misterio de Dios quedan reducidos a problemas y soluciones encapsulados dentro de un lenguaje destinado a la información, pero que no interpela hacia el encuentro con la dimensión profunda que posee la Tierra (nuestra “hermana, con la que compartimos la existencia”, según indica Francisco en Laudato si, 1), el OTRO y los otros (el llamado que hace la Conferencia de Aparecida en el año 2007 y en estos últimos años el Papa Francisco, de manera explícita en Evangelii Gaudium 41, desafía a superar esto).

El desarrollo de la dimensión cuantitativa de lo humano se puso al servicio del progreso de la historia de cara a un futuro planificable, teniendo como horizonte la productividad en directa relación con la rentabilidad financiera, pero descuidó el desarrollo de la dimensión cualitativa (dimensión espiritual) que se orienta a la construcción de un futuro plenificable, orientado a privilegiar el bienestar subjetivo de las personas en empática relación con los tres referentes señalados.

¿Pensar al ser humano como “unidad dual”, reconociendo las tensiones señaladas que se dan al interior de esa unidad, pero esforzándonos por establecer una relación armónica, evitando soslayar alguna de ellas, podrá ser una de las alternativas a considerar para que emerja una humanidad nueva? ¿Podrá ser este un referente teórico para profundizar en el significado de “desarrollo humano integral” como base de un “desarrollo histórico integral”?

 

Dr. Carlos Ábrigo Otey

Coordinador Académico del Instituto Teológico Egidio Viganó UCSH