Norton Contreras Paredes, académico Escuela de Educación Parvularia

Norton Contreras

Académico Escuela de Educación Parvularia UCSH

¿Y después de la vacuna qué?

Pareciera ser que poco a poco estamos logrando ver un poco de luz al final del túnel. La mayoría de los seres humanos esperamos vehementemente que esa luz se deje ver en su totalidad y de una vez por todas. Pensamos que ya hemos tenido suficiente sufrimiento con esta pandemia (y con justa razón). El proceso de vacunación estaría de una u otra manera poniendo fin progresivamente a este periplo por las cuarentenas, las mascarillas y el distanciamiento físico. Sería posible, tal vez dentro del segundo semestre de este año, volver a una relativa normalidad en nuestras actividades cotidianas, pero aún con muchos resguardos sanitarios.

La plasticidad cerebral, al inicio del desastre, hizo muy bien su trabajo y colocó a todas nuestras redes neuronales a punto para lo que venía. La magia del cerebro nos permitió trabajar y estudiar en la virtualidad, aprender nuevas tecnologías para poder continuar relacionándonos, nos permitió además adaptarnos a un estilo de vida basado en el aislamiento, prescindiendo de las reuniones sociales presenciales.

Y así estuvimos durante todo el año 2020. Ahora comienza a asomarse incipientemente un nuevo elemento pese a todos los avances que ha habido en nuestros intentos por recuperarnos: la incertidumbre. Algo que nuestro cerebro detesta intensamente, a tal punto de desencadenar incluso un estrés mayor que cuando vivíamos en el punto más álgido de la pandemia. La vacuna nos brindará un importante escudo para nuestra salud física, pero ¿será capaz de brindarnos un “escudo cerebral” para generar un “escudo mental” asociado que nos sea útil en el retorno a una relativa normalidad? Expresiones tales como “Qué pasará con mi trabajo y/o estudios”; “Tengo miedo de volver a salir de mi casa”; “¿Podré hacerlo con seguridad?”; “¿Podré acercarme a las personas tal como antes?”; “¿Podré utilizar el transporte público de un modo seguro?”, serán habituales en este período de recuperación.

Pero nuestro cerebro es muy eficiente y debemos confiar en él. Siempre está disponible para cuando lo necesitamos. Es versátil, adaptable, moldeable. Dejaremos que utilice todas aquellas cualidades para que, cuando finalice la pandemia, podamos apreciar el trabajo que sabe hacer en su máximo esplendor. Y, tal como nos permitió adaptamos al peor de los escenarios existentes, seremos capaces gracias a él de adaptarnos nuevamente a una relativa normalidad. Progresivamente, claro está. Pero así será.

No será un proceso exento de dificultades. Y necesitaremos paciencia. Al cerebro también le acomoda la emoción, por ende, necesitaremos ayudarnos y apoyarnos entre todos, con ánimo, actitud y compañerismo. Y lo lograremos, ya que, como señalaba Santiago, Ramón y Cajal “el hombre, si se lo propone, puede llegar a ser escultor de su propio cerebro”.