Nello Gargiullo, Secretario Ejecutivo de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez

Nello Gargiullo

Secretario Ejecutivo de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez

“Y entonces salimos a volver a ver las estrellas”: Dante Alighieri y la Divina Comedia

En una reciente ocasión, me referí a la vacuna contra el Covid-19 como un ejemplo de bien común, la cual  llegó oportunamente a nuestro país y que a la fecha sigue administrándose con agilidad. La vacuna en Chile y en el mundo no pueden separarse de los alcances de los bienes comunes intangibles, ya que alcanzan y pertenecen a la esfera de la dimensión afectiva, de las relaciones humanas. Las palabras “responsabilidad” y “confianza” por ser expresiones nobles de nuestra propia razón de ser como personas humanas, se transforman en indicadores de medición para establecer la efectividad en la consistencia de las libertades personales y colectivas.

En estos complejos escenarios, producto de la pandemia, los riesgos e incertidumbres nos llevan a la búsqueda de seguridad y certezas, obligándonos, de alguna manera, a repensar nuevos recorridos en todas las áreas donde estén presentes los principios, valores y virtudes sociales que, en tiempos de bienestar, fácilmente se olvidan o sencillamente pasan a un segundo lugar.

Es así que, frecuentemente, amplios sectores de nuestra sociedad rehúsan incorporar esos conceptos en el plan operativo de las relaciones sociales, económicas y políticas, al punto que, también en tiempos de crisis, no resulte fácil reunir las voluntades para empujar el carro por el mismo lado. Son las culturas de los individualismos, los que han generado bajos grados de responsabilidad y de cohesión social, influyendo, en definitiva, en los niveles de confianzas reales o simplemente de percepción, aun cuando las aplicaciones de determinadas políticas públicas parecen ser técnicamente efectivas.

En medio de este difícil periodo, hay un punto más que merece ser considerado, respecto a los ámbitos de la relación hombre-mujer, los cuales dejan de manifiesto una tendencia  de desequilibrio, especialmente, en torno al empleo donde los índices indican una mayor brecha para las mujeres al momento de querer reinsertarse laboralmente.

Todas las potencialidades de las mujeres, en muchos aspectos y orden de cosas, no son suficientemente valorados. Sin embargo, las situaciones generadas durante esta pandemia, nos han demostrado su capacidad de seguir adelante y sobrellevar variados roles: el cuidado de la casa, los hijos, el trabajo y también su compromiso social.

La responsabilidad y la confianza en el quehacer de la mujer, someten a la sociedad entera a resinificar su verdadera esencia que, en definitiva, es «responder». El “re”, justamente, reitera el sentido de dar respuestas: respecto de lo personal, a su actuación en la vida familiar, al contexto social en que nos movemos, hasta llegar a las esferas de la política; de la economía, de los organismos internacionales, conforme los niveles que se alcanzan y la responsabilidad que hay que asumir. En todos los casos, estamos llamados a confluir en las generaciones de las confianzas, que son como los ligamentos y los tendones, gracias a los cuales los músculos pueden cumplir sus funciones, cuando están bien unidos con los huesos.

Las categorías de estos bienes en la expresión femenina, ya están volando en la órbita del planeta Marte para mirar el renacimiento de la Tierra, en la búsqueda otras latitudes, más allá de los océanos y de las altas montañas. Sin duda, la mujeres han avanzado en su actuación frente a su responsabilidad en lo social, económico, la política y al interior de la misma Iglesia. Ya sea por un acto de justicia o como recompensa ética, por derechos alcanzados por las reivindicaciones femeninas, los equilibrios del mundo de la post-pandemia deben, entre otras cosas, asumir esta realidad en el plan de nuevas corresponsabilidades y confianzas que vayan a reducir todos aquellos desequilibrios que ponen en riesgo la paz.

Estamos celebrando los 700 años de la muerte del poeta Dante Alighieri (1265-1321); un patrimonio no solo italiano de la Edad Media, del Humanismo y del Pre-Renacimiento. Bajo su mirada, están contenidas obras juveniles como la «Divina Comedia», donde hay buenos indicios para emprender un viaje al interior de nosotros mismos, hasta llegar a comprender y enfrentar con más energías a un mundo que cambia.

Agarrado a los valores, no solo del espíritu sino que también en cuanto al del intelecto, Dante, en la mitad de su vida, a los 35 años de edad (el 1300, primer año jubilar de la historia de la Iglesia) encontrándose ¨perdido´´ en la vida como el mismo describe, emprende este viaje. A lo largo de su camino por el Infierno, Purgatorio y en el Paraíso, aprende a valorar las dimensiones tanto de las cosas humanas como de las divinas y sobrenaturales.

En su viaje tiene guías. El Infierno y Purgatorio, serán la razón humana, representada por el poeta griego Virgilio, quien lo conduce hasta las puertas del Paraíso, donde primero lo acompaña Beatriz, su amor ideal de juventud.  Posteriormente, al final del viaje, San Bernardo, pide por medio de la intercesión de la Virgen María, la visión del universo, donde contempla la imagen y el impulso al bien del comienzo de la creación que Dios quiso imprimir a su obra. Una visión unitaria del mundo y del bien como vocación del hombre, el cual corre como un río de aguas limpias y abundantes, a partir de la pluma del poeta, reflejado a lo largo del último Canto XXXIII de esta obra, involucrando al lector a su propio viaje imaginario.

Este viaje de la pandemia, aún en curso, nos tiene con la esperanza y ansiedad por poder ver la luz, en la salida del túnel, sin embargo, cuando aparece el brillo del sol, el cielo se vuelve a nublar. Esto es una ambivalencia; la misma que vivió Dante en su viaje de purificación, hasta lograr volver a ver las estrellas. Un buen indicio para no sentirnos solos.